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Sigamos odiando los lunes y habrá esperanza

Nueva cultura laboral, autoexplotación y oficinas que parecen un Starbucks.

Ilustración: Gabi Cuba

Ilustración: Gabi Cuba

De niño me preguntaban demasiado sobre qué quería ser de grande. Supongo que les parecía gracioso que nunca tuviera la misma respuesta. De una semana a otra podía abandonar la vocación de enfermero y empezar a soñar con ser un asesino a sueldo; al mediodía podía desear ser torero, y para el final de la tarde miembro de la Greenpeace; y así de inconsecuente todo el tiempo. Lo que sí: nunca fui tan ingenuo para pensar que un muchacho cualquiera —sin ser ruso o norteamericano— podía fantasear libremente con ser astronauta y nunca respondí que político por miedo a que mi madre me soltase una cachetada. Bien por mí.

Hasta cierta edad, mi familia y mis maestros me dejaron ilusionarme todo lo quise. Como es natural, se equivocaron en muchas cosas con respecto a mi futura vida personal y laboral, pero sobre cuatro cosas en particular creo que acertaron plenamente. No me las dijeron exactamente así, pero hago una síntesis:

1. Hay que esforzarse mucho en la vida, pero el trabajo no lo es todo.

2. Asegúrate siempre dinero para el futuro, pero lo más importante es asegurarse tiempo para vivir.

3. El lunes es el peor día de la semana y en las vacaciones ocurren los mejores momentos de tu vida.

4. La cuarta es más bien una omisión: nadie nunca me dijo que yo podría ser cualquier cosa que me proponga. Porque sería, desde lo económico y lo intelectual, una mentira. El poder reside también en ser conscientes de nuestros propios límites. Por ejemplo, sé que no estaba en mi destino revolucionar las ciencias exactas, porque sufro para contar el vuelto del mercado.

Estas cuatro ideas, las cuales yo defiendo con plena convicción, son exactamente lo opuesto a lo que propone la nueva cultura laboral. George Monbiot, el columnista de The Guardian, describe así la receta única que se le propone al trabajador promedio de este siglo: «Termina los deberes, aprueba los exámenes, pasa tus veinte años evitando la luz del sol, y también tú podrás vivir como la élite. Pero ¿quién en su sano juicio quiere eso?».

La nueva cultura laboral, que nace con el boom de las multinacionales tecnológicas, está instalando la autoexplotación sistemática como el único camino al éxito en Estados Unidos y Europa y como la única alternativa de tener una vida más o menos decente en América Latina y el resto del mundo. Las herramientas para persuadirnos a ser actores cómodos dentro de este sistema son frases del tipo no pain, no gain, discursos motivacionales que reproducimos nosotros mismos en las redes sociales y oficinas cada vez más parecidas a un Starbucks. En esta parte del mundo, comparado a lo que nos ha tocado históricamente (desempleo, subempleo y regímenes de explotación aún vigentes), todo esto se construye como el nuevo paraíso de los jóvenes profesionales . Sin embargo, el fondo es parecido al de siempre: una estrategia para disimular las horas extras impagas, las tareas inútiles y distraernos de un desarrollo profesional en muchos casos prácticamente nulo.

Un artículo de The New York Times, escrito en enero de este año, habla sobre la maldición de los millennials que fingen amar su empleo. «La indiferencia en nuestro lugar de trabajo simplemente no tiene un hashtag socialmente aceptable», escribe Erin Griffith, la autora de la nota. El mundo en general está exigiendo un optimismo vehemente para ser y producir. Y esta exigencia está presente en todos los espacios de la vida: en las oficinas, en las redes sociales, en los gimnasios, en los libros y en la publicidad. El caso más notorio es Instagram, una paraíso de los buenos momentos que parece hermético a la negatividad y al infortunio.

En este preciso momento estamos siendo testigos de la construcción de un mundo en el que, sea cual sea tu oficio, no existe espacio para la tristeza, el agotamiento o el hartazgo. Porque el optimismo es la norma para este siglo, a pesar de que son evidentes el aumento de las desigualdades, la precariedad de los derechos laborales y una epidemia de ansiedad y de estrés. 

En su libro La sociedad del cansancio, el filósofo surcoreano Byung-Chul Han, dice que las enfermedades neuronales, como la depresión o el síndrome de desgaste ocupacional, son el panorama patológico de este siglo. Y que son ocasionadas justamente por este exceso de positividad que es naturalmente agotador. Porque todo el tiempo estamos persuadidos a ir más allá de nuestros límites; y si no lo hacemos, da la impresión de que no nos estamos realizando.

Si volvemos a las cuatro ideas que propuse al principio, con las que supongo que cualquier persona razonable podría estar de acuerdo, ¿cuántas de estas son verdaderamente probables dentro de este sistema?

Si el trabajo lo es todo, de las dos primeras ideas solo queda lo siguiente: vas a esforzarte mucho en la vida, quizá puedas ahorrar, quizá no, pero difícilmente tengas tiempo para vivir. La cuarta idea es difusa, porque si vamos todo el tiempo más allá de nuestros límites, perdemos conciencia sobre ellos. O, en todo caso, solo seremos capaces de distinguirlos el día que nos toque enfrentarnos a un verdadero colapso.

Solo queda la tercera, y la nueva cultura laboral, otra invención estadounidense que empieza a asentarse en América Latina, también tiene una lema para ella: Thank God It’s Monday (Gracias a Dios es lunes).

En este último punto, justamente, puede estar nuestra salvación, porque con esto es obvio que han ido demasiado lejos. Las grandes compañías, los grandes medios de producción y persuasión tienen las herramientas para hacernos un tanto confusa la realidad, pero no las suficientes para convencernos de esta locura. Nos han subestimado y en este terrible error de cálculo puede estar nuestro último refugio. Que nadie nunca nos convenza de que el lunes es el mejor día de la semana y de que el trabajo, más allá de una forma de ganarnos la vida, importa por encima de las relaciones humanas y la vida en general. Para eso, sigamos odiando los lunes, sigamos odiándolos con toda nuestra juventud, y habrá esperanza.

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