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"La realeza no se pierde", por Ricardo Montoya

Humillado en la Copa del Rey y doliente en el torneo interno, solo le queda la Champions para levantar la cerviz

"La realeza no se pierde", por Ricardo Montoya

"La realeza no se pierde", por Ricardo Montoya

Algo en el Bernabéu recuerda la plácida respiración de un animal dormido.

Hace ya algunos meses que el campeón de Europa se descascara partido a partido en un rito lastimero. Son varios los que, ahora último, le han faltado el respeto al Real Madrid en su reducto. El viejo monarca blanco enfrenta una deriva incierta.

Humillado en la Copa del Rey y doliente en el torneo interno, solo le queda la Champions para levantar la cerviz. Enfrente está la sensación del continente: el PSG de Neymar, el asombroso y joven delfín que espera reclamar, desde ya, el trono que asegura le pertenece. Primero, deberá tomar Madrid con su fútbol. Neymar es el adalid de este equipo francés, y siente la necesidad de evidenciar, por comparación, la obsolescencia de Cristiano. La dirigencia alba observa en las gradas y el ex hombre del Barza quiere exhibirse ante ellos. Compren, que acá hay talento y venganza asegurada, es el discurso que trata de escribir con sus pies. Rueda el balón.

En el arranque el Madrid es superior. Pretende infundirle miedo al PSG con presión alta y una osada propuesta ofensiva. Los parisinos acusan el golpe, se sorprenden y tambalean. Temprano mandan los locales con Kroos, Modric y Casemiro gobernando el mediocampo y dándole un sentido serio y elegante al tránsito de la pelota. Además, Marcelo desdobla una y otra vez generando zozobra en el arco de Areola. Precisamente, en una de esas jugadas de peligro que suele generar el lateral, asiste maravillosamente a Cristiano, que acelera la marcha y descarga con furia, pero el arquero interviene para mantener el cero. El Ronaldo que hace un tiempo aterraba a los arqueros, hoy, afirman algunos, solo convierte cuando el partido está resuelto. Es verdad que no es el mismo. Sin embargo, él todavía conserva la sabiduría que dan los años, y el olfato de gol.

Pasó la tormenta inicial y el PSG aparece. De a pocos, se despercuden del dominio merengue y sus delanteros empiezan a hacerle daño al Real. La precocidad sin freno de Mbappé es un dilema que no sabe resolver la retaguardia madridista. Y, además, ahí están Neymar y Cavani asustando en cada ataque. En una de esas réplicas llega el gol. Modric no hace la cobertura adecuada y Rabiot, pisando el área contraria, pone en ventaja a la visita.

El partido se daba para que ahora, de contra, el PSG, con la velocidad de su ofensiva liquide. Pero no fue así. Con más corazón que fútbol, el Madrid pugnó por el empate y halló recompensa cuando moría la primera etapa. Fue un absurdo penal de Lo Celso, que Cristiano, habitualmente infalible, convirtió. Tablas, y al entretiempo.

El resultado final lo explica la eficacia del Real. El PSG tomó el control del partido y el Real aletargaba su juego producto del cansancio. Las oportunidades se sucedían en ambos marcos en proporción de 3 a 1 favorable a los franceses. Faltando 20 minutos los técnicos evidencian sus intenciones y Zidane acierta. Primero entra Bale, y luego Vázquez y Asensio. Emery, en cambio, saca del campo al siempre peligroso Cavani para reemplazarlo por Diarra. Los cambios surten su efecto y el Madrid, de atropellada, encuentra en Cristiano el tesoro soñado. El gol aturde al PSG, que se desmorona y recibe, apenas tres minutos después, vía Marcelo, la estocada definitiva.

Siendo superado, el viejo Rey encontró, por ahora, la forma de seguir reinando.

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