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"Crédito en el VAR", por Guillermo Oshiro

Que su implementación no ha dejado satisfecho a nadie es correcto. Tardar más de un minuto en resolver una jugada enfría pasiones y le quita ritmo al juego, sin dudas

"Crédito en el VAR", por Guillermo Oshiro

"Crédito en el VAR", por Guillermo Oshiro

Agencias

Lo que debió despejar todo tipo de dudas se convirtió en polémica y hoy es el indeseable actor principal de la Copa Confederaciones, el malo de una película de suspenso puro. El videoarbitraje (VAR) le quitó protagonismo a Cristiano Ronaldo, minimizó el partidazo entre Portugal y México, y le arrebató titulares al buen debut chileno ante Camerún. Generó repudios en todos los rincones. Pero más allá de los contras, este dilema tecnológico tiene un crédito ganado, creo yo, desde el momento en que se establece para un fin totalmente razonable: que los resultados en el fútbol sean más justos y no se decidan por los errores de los árbitros. Desde su concepción tiene sentido seguir apostando por su perfeccionamiento. No hay razón para desestimarlo de plano y asegurar que sencillamente no funciona.


Que su implementación no ha dejado satisfecho a nadie es correcto. Tardar más de un minuto en resolver una jugada enfría pasiones y le quita ritmo al juego, sin dudas. No es lo mismo celebrar un gol con las revoluciones a mil que hacerlo después de esperar que las pulsaciones se regularicen. Le quita emoción al momento más sublime del juego.


Paraliza también a los espectadores en las tribunas y en sus hogares. Ahí está el verdadero reto del VAR, que tendrá que afinarse para evitar estos ‘impasses’ y lograr su aceptación total, porque determinar el fallo correcto de una jugada no admite discusión alguna. No da para polemizar.


No comparto la opinión de los que aseguran que su utilización le arrebatará la esencia al fútbol. Pregunto: ¿cuál es la esencia a la que se refieren? ¿Que un error del juez determine un resultado? Que yo sepa las reglas que se establecen en los juegos o en los deportes apuntan a que todos tengan las mismas posibilidades de ganar, que todos sean medidos en igualdad de condiciones. No entiendo por qué el fútbol no debería estar dentro de ese mismo universo. Tampoco concibo que la tecnología sirva para facilitarnos la vida cotidiana y que no pueda aplicarse a nuestro deporte favorito con la misma eficacia.


¿Y de qué comentamos los fines de semana?, se quejan algunos periodistas. Pues tendremos que opinar exclusivamente del juego, de las virtudes tácticas de un equipo, de los aciertos de los técnicos, de la calidad de los futbolistas. Hablaremos de los verdaderos actores y no tendremos la necesidad de fijarnos más en la actuación de los árbitros, de los protagonistas secundarios en discusiones estériles sobre si fue penal o no y justificar todo por un error humano.


Mientras más justo sea el resultado, más limpio es el juego. Y eso es lo que necesita el fútbol después de embarrarse en las últimas décadas en el lodo de la corrupción.


El fútbol americano, por ejemplo, le dio apertura a la tecnología para determinar ciertas jugadas polémicas y hoy el Superbowl sigue siendo el evento deportivo que más millones de dólares genera. No perdió pasión ni seguidores. Muchos dirán que el balompié es un deporte distinto, que tiene reglas que se aplican según la subjetividad del árbitro, que tiene otra fluidez. Es cierto. Por ello la implementación del VAR apunta solo a jugadas específicas y no a todo el trámite de un partido porque sería humana y tecnológicamente imposible darle ritmo a un juego que se paraliza a cada minuto.


Minimizar el error humano y establecer la misma justicia para todos dentro de una cancha debe ser también un objetivo prioritario para la FIFA. Vale la pena hacer mil intentos hasta perfeccionar el método correcto. El videoarbitraje es otro ensayo por recuperar la credibilidad en un deporte que se ha visto empañado por el desmesurado afán de hacer dinero. Yo le doy crédito al VAR

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