Severino Varela anotó más de 40 goles con la camiseta de Boca Juniors. (Foto: Boca Juniors).
Severino Varela anotó más de 40 goles con la camiseta de Boca Juniors. (Foto: Boca Juniors).
Jorge Barraza

Periodista

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-Cuando yo me ponía una camiseta, esa tela era parte de mi cuerpo.

La frase alude al romanticismo de un tiempo pretérito; la pronunció Severino Varela para ilustrar su compromiso con los colores. “El Gallego se brindaba entero”, contaban los mayores. Disputó tres ediciones de Copa América con Uruguay, marcó quince goles en total y fue campeón en 1942. Quedó a dos escalones de Zizinho y Tucho Méndez, los cañoneros tope. El notable atacante celeste de los años ’30 y ’40 fue tal vez el único futbolista del mundo que vivía en un país y jugaba en otro. Y no hablamos de Luxemburgo, donde una persona puede ir todos los días a trabajar a Bélgica y se va en bicicleta.

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Boca lo fue a buscar en el crepúsculo de su carrera y Severino dijo no.

-Tengo un trabajito en la UTE (la compañía estatal de electricidad), juego un año más en Peñarol y me retiro. Si voy a Boca pierdo el puesto en la UTE-, respondió con lógica humilde.

Pero Boca tenía que cortar la hegemonía que insinuaba La Máquina de River, la de Muñoz. Moreno, Pedernera, Labruna y Loustau. E insistió. Le ofreció 15.000 dólares de la época y una posibilidad que él ni soñaba:

-Quédese de lunes a viernes en Montevideo, los sábados viene a Buenos Aires y el domingo juega.

Así pues sí, diría El Chavo. Aceptó volando. O remando. Viajaba los viernes por la noche en el Vapor de la Carrera, el domingo le marcaba un gol a River y volvía esa misma noche en el buque de las 12. A las 7,30 de la mañana, mientras los argentinos se desperezaban y La Nación, La Prensa, Crítica, El Mundo daban cuenta en los kioscos porteños de sus hazañas goleadoras, él ya estaba en su casa de Montevideo, tomando mate con su señora. Un rato más tarde se iba para la UTE…

Fue un ídolo colosal en (Boca ama en serio). En tres años marcó 46 goles, cinco de ellos a River, y cumplió el objetivo: dio la vuelta olímpica en 1943 y 1944 con la azul y oro como parte de su cuerpo. Ya no se hablaba de Moreno y Pedernera sino de Severino “La Boina Fantasma”, porque jugaba con una boina blanca y tenía apariciones sorpresivas en el área. En un centro que sobrepasó a defensores y delanteros, apareció por detrás de todos, se arrojó en palomita y con la boina puesta le hizo un recordado gol a River. Ahí se ganó el apodo y el amor de La Mitad más Uno.

Severino Varela es uno de los goleadores históricos de la Copa América. (Foto: El Gráfico).
Severino Varela es uno de los goleadores históricos de la Copa América. (Foto: El Gráfico).

Severino fue el afiche de un tiempo en que muchos futbolistas jugaban con boina, sobre todo los defensas, que debían rechazar muchos balones de aire, o los especialistas del cabezazo como él. Era común ver en las alineaciones de equipos a tres o cuatro integrantes con boina o con gorros de lana, sobre todo en el Río de la Plata. ¿La razón…? Para protegerse de la pelota con tiento, con la que se jugaba hasta comenzada la década del ’40. Esta representaba un riesgo en el juego de cabeza si se la impactaba justo en el cierre. Muchos se lastimaban. El balón antiguo tenía dentro una cámara de goma terminada en un pico por el cual se la inflaba. Para disimular ese pico, se lo doblaba, se aplicaba una lengüeta de cuero fino sobre el mismo y se cerraba la boca con una tira de cuero grueso y duro. La pelota no sólo perdía esfericidad y a veces picaba mal, sino que podía resultar peligrosa para los protagonistas. Aparte, por el tiento le entraba agua los días de lluvia y la bola se ponía muy pesada. Un cabezazo a lo Passarella contra el tiento era conmoción cerebral. ¡Y no había cambios…!

Luis Romano Polo era un muchacho que ocupaba la línea de ataque del club Argentino, de Bell Ville, por entonces un pequeño pueblo del interior de la provincia de Córdoba. También él lucía boina blanca, mucho antes que Severino. Le gustaba el gol y era buen cabeceador, pero terminaba dolorido los partidos y se devanaba los sesos pensando cómo hacer para cabecear tranquilo.

La ciudad argentina de Bell Ville se quedó con el sello de "capital nacional de la pelota de fútbol". (Foto: Descubrir Turismo).
La ciudad argentina de Bell Ville se quedó con el sello de "capital nacional de la pelota de fútbol". (Foto: Descubrir Turismo).

-La pelota de fútbol tiene tiento, pica mal y cuando se la cabecea, si se le da justo en el tiento, hace doler mucho. Hay que inventar una pelota lisa, que ruede bien y no lastime-, pensaba a fines de los años ’20. Era electricista, encargado de la usina eléctrica de Bell Ville. Lo comentó con sus amigos Antonio Tossolini, carpintero y mecánico, y Juan Valbonesi, empleado de comercio. Entre los tres empezaron a darle vueltas a la idea y… ¡eureka…! Fabricaron la primera pelota sin tiento, de boca invisible y redondez perfecta, que rodaba bien y no lastimaba. La estrenaron en 1931 en un partido entre Argentino y el Club Atlético y Biblioteca Bell. Ganó Bell 3 a 1, pero Polo se fue contento igual, la pelota era un golazo. Y era su invento.

Enseguida la patentaron y se pusieron a producirla en serie con el nombre de Superball. Pese a las indiscutibles y evidentes ventajas de la Superball, les costó imponerla. La AFA aprobó su utilización en sus campeonatos recién en 1936 y a partir de entonces se fue universalizando. La Segunda Guerra impidió que se impusiera más rápidamente en Europa. La FIFA la adoptó para los Mundiales en el de Brasil 1950, pero sería la , siempre pionera, la que presentara la nueva pelota internacionalmente. Fue en Chile 1941. No obstante, algunas selecciones acostumbradas a los viejos balones con tiento pedían jugar con estos, de modo que en Chile y en Uruguay 1942 su utilizaron los dos modelos, según el partido. Fue un avance notable en el juego y un aporte sudamericano al futbol mundial. Los jugadores, felices, se atrevieron a incursionar más en el juego aéreo y el resultado fue que se aumentaron notoriamente los goles de cabeza. Incluso aparecieron los reyes del cabeceo, como Pelé, Sándor Kocsis, Iván Zamorano, tantos.

-La conquista sudamericana de Europa fue por doble vía, las medallas de los olímpicos del ’24 y del ’28 y la pelota sin tiento.

Las palabras del colombiano Carlos Alberto Plata son sentencia. Historiador, coleccionista de objetos de fútbol y seguramente el mayor experto mundial en balones desde 1860 hasta hoy. Posee cientos de modelos diferentes. Sigue…

-Esa pelota de Polo, Tossolini y Valbonesi es un aporte extraordinario al fútbol mundial, cambió el juego. Significó la previsibilidad, la esfericidad, el dominio, el control, la confianza en la pelota, la precisión. Eliminó las trayectorias irregulares que tenía por cuenta de la abrochadura; el tiento, mojado o seco, curtido o no era muy filoso. El cambio fue asombroso por lo que significaba el tiento en términos de esfericidad y de evitar que esa costura o ese implante protuberante que tenía la pelota afectara a los jugadores, al dominarla y al cabecearla.

Extrañamente, el nuevo balón dio un largo pique inicial desde Bell Ville a Cataluña. En 1933 fue utilizada en el encuentro FC Barcelona-Tenerife y los diarios se ocuparon de la feliz innovación: “Una novedad de orden estrictamente técnico en el match Barcelona-Tenerife de mañana. Trátase de que en el mismo será usado por primera vez el balón “Superball”. Una innovación surgida en la Argentina y extendida en poco más de dos años a la mayoría de las repúblicas sudamericanas”.

Portada de El Gráfico con Severino Varela.
Portada de El Gráfico con Severino Varela.

Luego, en el Mundial ’78, Adidas revolucionó el diseño de la herramienta con el balón Tango. Y en España ’82, al mezclar el cuero con poliuretano, se estrenó el primer esférico impermeable, manteniendo su peso al no absorber el agua. Sin embargo, la revolución verdadera nació de la pasión de Romano Polo, combinada con el ingenio de Tossolini y Valbonesi.

Bell Ville fue declarada capital mundial de la pelota de fútbol y su fabricación en grandes cantidades se transformó en el motor económico de la ciudad durante décadas. Se erigió un monumento a la pelota en el centro de la localidad donde en 1954 nacería el mayor ídolo local: Mario Alberto Kempes. Y con la pelota sin tiento se retiró silenciosamente la boina. En los ’50 ya no se vieron más aquellos gladiadores con gorro que se atrevían a cabecear esa piedra que era la número cinco.

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