Por Daniel San Román

Hay temporadas en la Fórmula Uno que se definen por el vértigo; otras, por la nostalgia; y algunas, como la que acabamos de vivir, por la incómoda sensación de que la lógica ha terminado imponiéndose de la forma menos romántica posible. Porque sí, este debía ser el año de la revolución: la temporada en que el reinado de Max Verstappen enfrentaba su mayor amenaza, el año en que McLaren llevaba meses avisando que la promesa por fin se volvía realidad. Pero sucede que en esta categoría, cuando todos esperan épica, muchas veces gana la estadística. Y cuando todos esperaban equidad, terminó imponiéndose un viejo fantasma: el sesgo de conveniencia.