"Entendiendo a Zlatan Ibrahimovic", por Jerónimo Pimentel
"Entendiendo a Zlatan Ibrahimovic", por Jerónimo Pimentel

El fin de semana pasado compitió los peores 90 minutos que ha tenido desde que aterrizó en Inglaterra: estuvo ajeno todo el partido, falló un penal y protagonizó un penoso combate con el defensa central del Bournemouth, Tyrone Mings, que incluyó un pisotón en el cráneo y un codazo en la cara. Sin embargo, la respuesta del sueco ante la violencia estuvo lejos de ser tan chata como su desempeño. Ante la pregunta por el incidente, el delantero del Manchester United contestó: “Él saltó hacia mi codo”. La ocurrencia es de barrio, aunque difícilmente la chispa le evitará la suspensión que ya prepara la FA.

Nunca fue fácil, Zlatan. El mejor retrato de ello no se encuentra en su biografía (“I’m Zlatan”), que tiene el mérito de narrar la historia de un hijo de migrantes que crece en Suecia en un entorno culturalmente complicado (la vieja narración del ‘self made man’, estimulante e inspiradora); sino en “Becoming Zlatan”, el documental sobre el crack que se puede ver en Netflix. En él se aprecian todos los matices de un carácter sorprendente, que oscila entre la apatía y el egocentrismo en las mismas proporciones.

Su paso del Malmö al estrellato mundial ha estado plagado de deslices, exabruptos y silencios, que resumen su imposibilidad de encajar en un vestuario, o si se quiere, por entender la esencia de un deporte colectivo. Su lista de excesos incluye insultos, patadas, puñetazos y cabezazos tanto a sus compañeros como a sus rivales, sin discriminar, por las razones más variopintas y antojadizas. Dos de ellas se aprecian en su magnitud en el filme. Cuando jugaba por el Ajax, Rafael van der Vaart lo acusó de lesionarlo intencionadamente en un amistoso internacional, lo que le ganó los chiflidos de su propia afición de vuelta en Ámsterdam; su respuesta, en el campo, fue hacer uno de los goles más hermosos de la historia del fútbol, cuando anota ante el NEC Breda luego de regatear a 5 rivales. La segunda anécdota trata de su rivalidad en el club holandés con Mido, el atacante egipcio con quien competía por el titularato, que se resuelve a golpes cuando este le tira unas tijeras en la cara en el vestuario.

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No sorprende que Guardiola, promotor de la asociación, lo haya resistido tanto (“daba discursos filosóficos en el vestuario, pero eso es mierda para estudiantes superiores”, dijo cierta vez el sueco) y que, en cambio, se haya convertido en un fetiche para Mourinho, con quien comparte el culto a la personalidad y al éxito. Bajo estas reglas, el mundo ocurre de una manera distinta. Los demás están en función a él; se refiere a sí mismo en tercera persona; y el triunfo de sus colegas es una consecuencia de su victoria personal. Se supone que el fútbol era todo lo contrario, pero la lógica inversa es, al menos, consistente. Recuérdese lo ocurrido con Mings: en el universo de Zlatan los defensas centrales saltan hacia su codo en los duelos aéreos. Luego de ver el documental queda claro que en estas dos décadas de carrera Ibrahimovic no ha cambiado un ápice, pues su carácter es exactamente el mismo hoy que en 1999. ¿Es eso tenacidad o capricho? ¿Constancia o necedad?

Si no existieran Cristiano Ronaldo y Messi, es probable que se le hubiera considerado el mejor futbolista de su generación. Pero cuando se exploran las alturas para medir los picos más altos, el talento es solo un componente de una mezcla que tiene otras variables, como la capacidad de inspirar a tus compañeros al punto de hacerlos mejores, pues las virtudes individuales en el fútbol deben estar en función de un objetivo mayor, el juego. Incluso un crack tan errático como Maradona siempre entendió que él era solo un mediador, un puente que permitía el encuentro de dos entidades mayores: las personas y el deporte (“la pelota no se mancha”). Este es el principal problema de Ibrahimovic al momento de evaluar el otoño de su carrera, pues a fi n de cuentas resulta que su única meta siempre fue él mismo. Es un caso de megalomanía notable, sí, que incluso se encuentra refrendada en un palmarés monumental, pero eso no lo hace digno de admiración. O quizás sí: el paisaje de un ego.

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