WUFEn medio del feriado por los carnavales en Quito, la Copa del Mundo apareció como una reliquia sagrada. No llegó sola. La llevó consigo David Trezeguet, campeón en Francia 1998, hijo del fútbol argentino en formación y ciudadano del gol eterno por vocación.
En medio del feriado por los carnavales en Quito, la Copa del Mundo apareció como una reliquia sagrada. No llegó sola. La llevó consigo David Trezeguet, campeón en Francia 1998, hijo del fútbol argentino en formación y ciudadano del gol eterno por vocación.
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El francés criado en las canchas del ascenso argentino aterrizó en Quito como rostro principal del Trophy Tour de Coca-Cola, esa peregrinación global que convierte al trofeo más codiciado del deporte en objeto de fe itinerante. Venía de Bogotá. Llegó el martes 17 de febrero. Y encontró una ciudad en celebración, como si el carnaval hubiese decidido abrirle paso al sueño mundialista.
En el Quorum del Paseo San Francisco, donde se realizó la ceremonia oficial, estuvo presente El Comercio para atestiguar no solo la exhibición del trofeo, sino el diálogo simbólico entre pasado, presente y esperanza del fútbol ecuatoriano.
No fue una cita cualquiera.
A un lado del escenario aparecieron dos nombres que aún retumban en la memoria competitiva de la Tri: Édison Méndez y Antonio Valencia, referentes de generaciones que supieron convertir la resistencia en identidad. Junto a ellos, como señal de continuidad, el arquero titular del presente, Hernán Galíndez, custodio del arco y de las ilusiones contemporáneas.
Pero la voz más esperada era la de Trezeguet.
“Las sorpresas...”
El hombre que definió una Eurocopa con un gol de oro sabe que los títulos no siempre obedecen a la lógica. Por eso, al hablar de Ecuador y su horizonte mundialista, eligió el lenguaje de la fe antes que el del cálculo:
“Hay que creer. Hemos visto en el fútbol que las sorpresas existen. Espero que Ecuador pueda hacer un papel extraordinario en esta Copa. Deseo que Ecuador pueda ir por este camino. Es importante el poder estar y desde ahí jugar sus cartas”.
No fue una frase de protocolo. Fue casi una consigna.
Porque si algo enseñan los mundiales —y Trezeguet lo sabe desde dentro— es que el punto de partida no es la estadística, sino la convicción. Estar ya es competir. Clasificar ya es desafiar jerarquías. Y jugar, en ese escenario, es negociar con la historia.

El Trophy Tour, más que una exhibición, funciona como recordatorio tangible de que la gloria existe y tiene forma. Que puedes mirar pero no tocar —aunque sea por segundos— aquello que durante décadas fue apenas un anhelo televisado.
Quito lo recibió entre preguntas. ¿Qué selección puede ser la sorpresa en el Mundial 2026? Trezeguet no ofreció respuestas técnicas. Ofreció algo más poderoso: legitimó la ilusión.
Porque en el fútbol globalizado de hoy, donde las distancias parecen medirse en presupuestos y no en talento, la Copa del Mundo sigue siendo el territorio donde lo improbable se vuelve argumento.
La presencia del trofeo en la capital ecuatoriana, escoltado por un campeón del mundo y rodeado de referentes locales, fue una escena cargada de simbolismo: el pasado que consagra, el presente que resiste y el futuro que insiste.
Y quizás esa sea la verdadera esencia del Trophy Tour: no mostrar lo que fue ganado, sino recordar lo que aún puede conquistarse.
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