"¿Por qué los peruanos amamos al Barcelona?", por Pedro Canelo
"¿Por qué los peruanos amamos al Barcelona?", por Pedro Canelo
Pedro Canelo

Ha ganado el Barcelona 6-1 al PSG y hay gente afónica en el Parque Kennedy. Ha anotado Sergi Roberto en la barrida más épica de los últimos tiempos y hay gente agitando camisetas azulgranas  en Miraflores, Lince y La Victoria. Estamos en el Perú y muchos han festejado esta clasificación azulgrana a los cuartos de final de la Champions League como si estuviéramos frente a un triunfo de la selección en Eliminatorias mundialistas. ¿Por qué tanto afecto y tanta pasión por un equipo que tiene su sede central a diez mil kilómetros de Lima (trece horas de vuelo)?  ¿Por qué hay más posters de Messi en los cuartos de nuestros niños en vez de alguna foto del mejor jugador de Alianza Lima, Universitario o Sporting Cristal?

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Este fenómeno de hinchajes por clubes del extranjero no solo tiene al Barcelona como centro de atención sino también al archirrival Real Madrid. Los bares y restaurantes esperan un clásico español para ofrecer tentadoras ofertas a sus comensales con el valor agregado de ver a Lionel Messi vs. Cristiano Ronaldo por una señal de cable en HD. ¿Qué nos está pasando entonces? ¿Es una oportunista alienación en un país futbolístico donde nos hemos olvidado cómo se gana? No, es mucho más complejo que eso.

Aceptemos que nos encontramos en otros tiempos, mencionar a la globalización ya es casi un lugar común pero algo de eso hay. Con Messi, Cristiano y Zlatan nos une un sentido de pertenencia que hace quince años solo sentíamos por los clubes del fútbol peruano y nuestra querida blanquirroja. Son miles de kilómetros de distancia que son reducidos a la mínima expresión gracias a las transmisiones por cable en vivo y en directo o a las redes sociales que nos facilita el seguimiento a todo lo que pasa en las más importantes ligas del planeta. Un gol de Champions puede ser visto desde cualquier oficina al minuto de haber sido anotado gracias a la inmediatez de algún canal de YouTube.

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A diferencia de los ochentas y noventas, esos jugadores del Barcelona o Real Madrid han dejado de ser esos extraterrestres distantes para convertirse en buenos vecinos. No es la primera vez en la historia del fútbol que estamos frente a equipos con tan abrumadora hegemonía y con jugadores excepcionales. Este mismo Barza tuvo otra versión invencible en los noventas, la llamaron ‘dream team’ con Johan Cruyff como técnico y con Pep Guardiola como líder y organizador de la volante, quizá ya formándose como el técnico que hoy es. Para ver a ese equipo –nos pasaba lo mismo con aquel Milan de los holandeses Gullit, Van Basten y Rijkaard- teníamos que esperar alguna transmisión de fin de semana en señal abierta (no existía aún el cable) donde era un milagro poder seguir las acciones en vivo. Casi siempre eran resúmenes o partidos en diferido. Teníamos que ser muy fanáticos del balompié internacional para estar al día de lo que pasaba con Maradona en el Nápoles o con Platini en la Juventus. Eran tan mágicos como Neymar o Cavani, pero distantes. No eran aún parte de nuestros días. El cable y el Internet los trajo a un paso de casa.

La ‘Pulga’ y CR7 se hicieron cercanos desde la convivencia mediática. No son nuestros, sin embargo así los sentimos. Desde esa pertenencia se genera el fanatismo hacia un club foráneo. Esta situación no solo se vive en el Perú, las estadísticas dicen que el segundo jugador –obvio después de Cristiano- que más vende camisetas en el Real Madrid es el colombiano James Rodríguez (la mayoría con compras registradas en el país del volante cafetero).  El niño afgano que, en medio de los escombros de una guerra, armó una camiseta de Messi con bolsas de plástico es el otro desgarrador ejemplo de cómo se ha expandido esta pasión.

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Cuando no existía el cable ni el Internet, los mismos diarios deportivos en el Perú decidían abrir casi siempre con fútbol local. Era imposible imaginar una portada con Romario o Batistuta gritando alguno de sus goles. Lo que esperábamos en los noventas era ver a Waldir Sáenz, Julinho o Roberto Martínez. Era indiscutible que sea así. Hoy los invito a pasar por los quioscos para que revisen cuántos medios de este país han decido decirles “buenos días” con una foto inundada de camisetas azulgranas. El Barcelona ha dejado de ser de Cataluña, el Barza es de todos.

Otra razón es que en el Perú también extrañamos las victorias y esa sensación catártica que nos regala el grito desaforado por un gol en el minuto final. Y el Barcelona casi siempre va a ganar, hasta podría decirse que es más saludable para el alma seguirlos a ellos. De los quince partidos internacionales que los equipos peruanos han disputado este año, solo han ganado uno. Así de mínimos.

El triunfo del Barcelona sobre el PSG, mientras se escribe este texto, ya bordea las ochocientos mil vistas en la web de este diario, mientras que el empate de Alianza Lima con UTC peleaba para llegar a los diez mil. Ya es difícil negar esta debilidad por los reyes del balompié. Equipos como el Barza ahora son tan de nosotros que poco nos faltó para sentir que estábamos mezclados en ese abrazo de minuto 95 en el centro del Camp Nou. La cercanía ha hecho posible este matrimonio apadrinado por Fox Sports, ESPN y el PlayStation. Tenía que ser así. El amor a distancia nunca funciona. 

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