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"Última defensa de Felipe Caicedo", por Jerónimo Pimentel [OPINIÓN]

Una reflexión a lo sucedido con Felipe Caicedo, delantero ecuatoriano que fue protagonista en el Perú por una serie de comentarios con tintes racistas en su contra

Última defensa de Felipe Caicedo

Felipe Caicedo

Felipe Caicedo es uno de los delanteros más importantes con los que cuenta Ecuador en la actualidad. (Foto: Reuters)

(Foto: Reuters)

Lo primero que se tiene que decir es que Felipe Caicedo es un estupendo delantero, y no lo es por su físico, sino por su profesionalismo y técnica. Si el insulto que se le acaba de endilgar tuviera una pizca de verdad y el mérito deportivo dependiera de la anatomía y la fortaleza física, entonces sería imposible que dos de los mejores jugadores de fútbol de todos los tiempos sean Maradona y Messi. No se explicaría tampoco la notoriedad de Agüero, Iniesta, Alexis Sánchez o Dani Alves. Uno de los atractivos del fútbol es que se puede alcanzar la excelencia con cualquier biotipo, a diferencia de otros deportes como el basquetbol y el tenis que ya están muy sesgados por la talla. Pruebas de ello abundan, aunque quizá la más evidente es que no existe un aficionado al fútbol peruano que considere que Guadalupe fue mejor que Cueto. La sola comparación basta para desbaratar tamaña tontera.

Lo segundo que se puede decir es que no hay mérito periodístico en decir que Felipe Caicedo es grande y fuerte. Para eso basta entrar a Wikipedia y leer que mide 1,86 m y pesa 83 kilos. O haberlo visto jugar en el Manchester City, el Málaga, el Lokomotiv o el Espanyol. Lo periodístico sería discutir si es un ‘9’ clásico o retrasado, si le gusta recostarse por derecha, qué tan efectivo es su juego aéreo, qué tan familiarizado está con las tácticas de Quinteros en la selección ecuatoriana o cómo se complementa con Enner Valencia. Pero para plantear ese análisis el tema tendría que ser el fútbol, no la nacionalidad ni la raza.

Esta es una pista clave. Es muy típico hallar en la prensa deportiva a personas que no tienen conocimiento ni amor por ningún deporte, pero que dicen representar la idiosincrasia popular y se arrogan, bajo ese supuesto, el permiso de presentar una cháchara como si fuera conversación. Lo mismo ocurre con la nacionalidad, con la coartada de que en la tribuna o el dial podemos insultar todo lo que querramos, pues el fútbol, en esta idea, sería una extensión de la guerra donde “vale todo”. En estos dos casos se revela el mismo y lamentable punto de partida: asumir que el fútbol es un espacio para vomitar las miserias que el resto de la vida nos impide excretar, lo que convierte a este deporte en un estercolero. El único acto de amor que se puede hacer con esta gente penosa es, como diría Markarián, desenmascararla.

Lo tercero es lo más importante y se trata, básicamente, de un asunto moral. Considerar que el fútbol es una zona liberada en la que está permitido el racismo denigra no solo a la profesión y al deporte, sino a la idea que un periodista deportivo debe tener de sí mismo. Hacer chistes racistas y normalizar la discriminación a los afrodescendientes revela no solo insensibilidad y desconocimiento de la historia, sino que perpetúa los estereotipos que debemos combatir. Pero hay algo más triste aún, y esto es imaginar la idea que el racista tiene de su audiencia. Ojalá la sanción social, mundial e inevitable, invite a una reflexión que, en el mejor de los casos, debería acabar en el diván.

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