Daniel Peredo

Ni el mejor ni el peor. apenas es una víctima del resultado. Esa obligación de ganar como sea que mata los planes a futuro. No se analizan las formas. La administración de tomó decisiones populares sin profundizar más allá de triunfos o derrotas. No se puede entender que directivos concluyan desde el error del concepto absoluto: técnico que gana cinco partidos es bueno y hay que respaldarlo; aunque si no gana cinco encuentros, pasa a ser malo y hay que despedirlo. Solo conveniencia antes que convicción.

En Alianza, al menos con Roverano, no hubo misión ni visión. Ni el comité consultivo ni la gerencia proyectaron si el método de entrenamiento y el plan de juego del entrenador eran sostenibles en el tiempo, si había coherencia con el estilo y la identidad del club. Nadie descubrió que podía tratarse de una racha de victorias, como suele ocurrir cuando asume un interino y libera a un plantel que viene tenso, cargado y presionado por el anterior comando técnico.

Lamentablemente los clubes populares no han enderezado su rumbo. Las administraciones no han cumplido la función primordial que se les entregó. No hay programas, no hay proyectos ni se diseñaron metodologías. Obligados por la tribuna, sienten que solo se les admite campeonar. Y sin importar que sea a cualquier modo. Aún se piensa que el equipo de fútbol sostiene a la institución y es al revés.

Esto no excluye de responsabilidad al entrenador. Roverano se manejó mejor en la adversidad que en la abundancia. Con lesionados y suspendidos, le fue más sencilla la elección de los once titulares. Eligió, prácticamente, solo a quienes tenía a disposición. Cuando creció la nómina –llegaron refuerzos, se recuperaron futbolistas grandes con peso en el vestuario– le faltó gestión y decisión. En el juego quedaron dudas. Mostró un equipo muy vulnerable en defensa, sin soluciones para neutralizar el balón detenido y sin rebeldía ante el marcador en contra. En ataque, todo parecía supeditado a acciones personales, naturales o espontáneas antes que a la organización colectiva.

Los futbolistas también son culpables. Se ha perdido la pasión por el juego y la camiseta blanquiazul. No disfrutan lo que hacen, pareciera solo un camino para resolver las necesidades económicas. Además, hay jugadores, en especial los extranjeros, que han transformado este club histórico en un equipo histérico. Con todo respeto, hay algunos que son insoportables dentro de la cancha.

La suma de todas las situaciones ha llevado a Alianza Lima a la inestabilidad y la intolerancia. La administración debe entender su rol y estructurar una organización que adhiera los principios del club con gestión, responsabilidad y sostenimiento. Por ahora, mantienen la tendencia del directivo común que piensa y decide como hincha, y al que solo le importa ganar como sea. Si ellos también creen que un título vale más que el club, están equivocados. Será haber cambiado para seguir igual.

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