Por Marco Quilca León

Lo esperó como se espera a un recuerdo que uno sabe que no se repetirá. No fue un cruce más ni un saludo protocolar. Fue el encuentro del niño y su ídolo, del soñador y el sueño. Alan Cantero se acercó, lo abrazó como si lo conociera de toda la vida, le dijo que lo amaba, que siempre fue su inspiración. Luego levantó ligeramente la parte derecha de su short y le mostró un tatuaje que lleva marcado en la pierna derecha: el rostro de Messi besando la Copa del Mundo. Y ahí estaba él, Lionel, sorprendido como si antes del gesto de amor de Alan nunca hubiera visto su cara tatuada en el cuerpo de otro ser humano. El ’10′ del Inter Miami sonrío, lo abrazó, le dijo algo y le obsequió un regalo que el aliancista jamás dejará de admirar cada mañana: su camiseta.

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