Por Fernanda Huapaya

Aquel 23 de mayo, en Matute, Alianza Lima volvía a ser, después de mucho tiempo, un club en armonía casi absoluta: se acababa de consagrar campeón del Torneo Apertura, con un equipo identificado con la idea de Pablo Guede, referentes positivos en el vestuario, una administración con balance favorable y, sobre todo, un pueblo blanquiazul unido. Pero tratándose de Alianza, la calma rara vez dura demasiado. Apenas unas semanas después, el foco dejó de estar en la cancha para trasladarse, una vez más, a los pasillos donde se toman las decisiones más importantes del club.

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