Por José Antonio Bragayrac

Fue un verano de 1996 cuando Lionel Messi pisó por primera vez Lima. Era chiquito, pero veloz por encima de las condiciones normales para su edad. Mudo, poco gestual y adormecido por el sol chalaco, cayó rendido a esa edad por los helados Donito. Se volvió fan de ese clásico de Donofrio. Doce años después tuvieron que pasar para su segunda visita, ya como un prodigio exuberante del fútbol y en un partido que, gracias a una trepada descomunal de Juan Manuel Vargas, hizo más hígado de lo esperado. Casi dos décadas después, el Messi que veremos hoy en Matute, ante Alianza Lima, es absolutamente otro. No solo porque ya es una leyenda campeona del mundo, sino también porque, ineludiblemente, los años han comenzado a humanizar la magia descomunal de sus piernas.

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