Fútbol mundialLa noche que Pablo Guede levantó los brazos en Matute tras el 1-0 sobre Los Chankas, no solo celebró un título. Celebró la validación de una idea. Una manera de competir. Una filosofía que en enero parecía imposible de sostener en Alianza Lima, un club acostumbrado en los últimos años a convivir más con las urgencias que con los procesos.
La noche que Pablo Guede levantó los brazos en Matute tras el 1-0 sobre Los Chankas, no solo celebró un título. Celebró la validación de una idea. Una manera de competir. Una filosofía que en enero parecía imposible de sostener en Alianza Lima, un club acostumbrado en los últimos años a convivir más con las urgencias que con los procesos.
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Porque este Apertura ganado por los íntimos no se explica únicamente en los 39 puntos, las 12 victorias o la fortaleza en la altura -cuatro triunfos y un empate-. El campeonato se explica, sobre todo, en la personalidad de un entrenador que hizo del orden y la intensidad una forma de supervivencia.

Las primeras semanas de Guede en Alianza fueron adversos. Tras una pretemporada en Uruguay, tres referentes y titulares (Carlos Zambrano, Miguel Trauco y Sergio Peña) fueron despedidos tras ser denunciados por violación sexual. La crisis golpeó al vestuario y también a la imagen del club. Y como si fuera poco, semanas después, el equipo quedó eliminado prematuramente de la Copa Libertadores ante 2 de Mayo en Fase 2.
Era el contexto perfecto para derrumbarse. Pero Guede eligió otro camino. “Hay un objetivo grupal que está por encima de las individualidades”, dijo el día de su presentación. No era una frase vacía. Era una advertencia. El argentino aterrizó en Lima con una idea clara: nadie iba a estar por encima del equipo. Y en un club donde los liderazgos muchas veces habían pesado más que las estructuras, decidió empezar desde la disciplina. Ese manejo interno terminó siendo una de sus grandes victorias.

En Chile lo conocían bien. Rodrigo Fuentealba, periodista de La Tercera, lo describió como un técnico “temperamental”, de “decisiones drásticas” y con un carácter que lo mantiene “al filo”. Pero también destacó algo que terminó viéndose en Matute: “En la interna se maneja muy bien. Los jugadores hablan bien de él”.
En Alianza ocurrió exactamente eso. Paolo Guerrero, una voz autorizada dentro del vestuario, resumió el impacto del entrenador con una frase sencilla: “Es intenso, siempre está pendiente de cada detalle”. Y esa intensidad se reflejó en el equipo. Alianza pasó de ser un conjunto emocionalmente golpeado a uno competitivo en cualquier escenario.
Ahí aparecen los números que terminan explicando el Apertura. Los íntimos se mantuvieron invictos en ciudades de altura: ganaron en Huancayo, Cajabamba, Tarma y Cusco, además de rescatar un empate también en la ciudad imperial. Un registro poco habitual para un equipo peruano y que evidencia algo que Guede trabajó desde el primer día: el aspecto físico.
Fernando Cabada, administrador del club, reveló a inicios de febrero que el plantel había mejorado entre “15% y 20% sus indicadores de velocidad medidos por GPS”. No era casualidad. Guede necesitaba un equipo capaz de sostener presión alta, intensidad y agresividad durante noventa minutos.
Porque el sello futbolístico del argentino nunca estuvo ligado únicamente a los sistemas tácticos. Él mismo lo explicó en su presentación: puede jugar con uno o dos delanteros, cambiar esquemas y modificar estructuras. Lo innegociable es otra cosa: correr, presionar y competir. En ese sentido, este Alianza campeón terminó pareciéndose mucho a su entrenador.
Un equipo incómodo para el rival, emocionalmente fuerte y capaz de adaptarse a contextos adversos. Lo hizo en altura, en partidos cerrados y también después de golpes externos que pudieron fracturar el año desde el inicio.
Curiosamente, Guede alguna vez confesó que no quería ser entrenador porque le parecía “muy difícil manejar un grupo”. Hoy, justamente esa gestión humana parece ser una de sus mayores fortalezas.
Hasta Edison Flores, quien lo tuvo en el extranjero, reconoció tiempo atrás que fue uno de los mejores técnicos de su carrera porque lograba hacer sentir importantes a sus futbolistas. Ese detalle también apareció en Alianza. Jugadores que parecían secundarios terminaron potenciándose en medio de la emergencia. Otros encontraron regularidad. Y varios sostuvieron un nivel competitivo constante durante todo el torneo.
𝗣𝗔𝗕𝗟𝗢 𝗚𝗨𝗘𝗗𝗘 𝗔 𝗣𝗔𝗢𝗟𝗢 𝗚𝗨𝗘𝗥𝗥𝗘𝗥𝗢: “Es el mejor. Hoy me defendió de extremo izquierdo. 42 años” 🫂🤍💙#Liga1TeApuesto #ElADNdelHincha pic.twitter.com/y7FhtMZrpI
— Liga1 Te Apuesto (@Liga1TeApuesto) May 24, 2026
Eso también explica por qué la dirigencia nunca dejó de respaldarlo, incluso cuando el equipo quedó fuera de la Libertadores y las críticas empezaban a crecer. Dentro del club sentían que el trabajo existía, aunque los resultados todavía no acompañaran.
Y terminaron teniendo razón. Porque Guede no solo ganó el Apertura. También reconstruyó la credibilidad futbolística de un plantel golpeado. Lo hizo con mano dura, exigencia y convicción. Sin estridencias públicas, aunque con decisiones internas fuertes.
Hay algo simbólico en este título de Alianza Lima. Después de años cambiando entrenadores constantemente -seis técnicos desde la salida de Guillermo Salas-, el club encontró estabilidad precisamente con un entrenador que vive el fútbol al límite y que incluso le prometió a su familia retirarse en tres años. Tal vez por eso dirige cada torneo como si fuera el último.
Hoy Matute celebra un título. Pero detrás del trofeo hay algo más profundo: un equipo que volvió a creer en una idea.
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