Por Marco Quilca León

La noche que Pablo Guede levantó los brazos en Matute tras el 1-0 sobre Los Chankas, no solo celebró un título. Celebró la validación de una idea. Una manera de competir. Una filosofía que en enero parecía imposible de sostener en Alianza Lima, un club acostumbrado en los últimos años a convivir más con las urgencias que con los procesos.

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