Por José Antonio Bragayrac

Los dientes excesivamente blancos y el cabello engominado con desmesura lo delatan como figura pública. Su sonrisa -casi siempre cachacienta- y el porte pícaro de barrio fino que comulga con una personalidad abrumadora, lo hacen por lo menos querible. O lo hacían cuando a esa fórmula se le sumaba un fútbol de purito chocolate, ese que lo convirtió en el segundo novio del Perú. El primero era Gareca, después estaba Cuevita, Aladino y su “Cervecero” que hacía bailar a Carrillo y Lapadula.

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