Nadie nos regaló nada y volvimos al lugar que nos corresponde. (Foto: USI)
Nadie nos regaló nada y volvimos al lugar que nos corresponde. (Foto: USI)
Martín Acosta González

La última vez que se coronó campeón del torneo peruano, la liga aún no era profesional. Era el año 1950 y el general Manuel Odría gobernaba el país. Julio Ramón Ribeyro presentaba su primer cuento y mi padre apenas tenía seis años. Sin embargo, para el verdadero hincha eso importa poco, porque precisamente la grandeza de un equipo no radica en los títulos. La pasión y el temple de un hincha se forjan en la adversidad, el sentimiento se pone a prueba en las batallas y más en las derrotas. Así se forjó mi amor por la franja.

Mi padre me enseñó a amar y también a amar el fútbol. Él, hincha de Universitario, me llevaba al estadio seguido, pero cuando tuve edad para ir solo a los partidos conocí la verdadera pasión. Tenía 13 años y Municipal le dio vuelta a un partido contra la ‘U’. Fui a Oriente, al lado de los hinchas de Muni y vi cómo, en medio de la derrota, esos tipos seguían saltando, dejando la garganta en la tribuna y alentando en un partido que parecía perdido. Dos goles en los minutos finales y el milagro se dio. Muchos heredan un equipo en la familia, otros se contagian por amigos, algunos lo eligen por gusto futbolístico o por éxitos temporales. Sin embargo, lo mío fue mágico. Yo me enamoré de la pasión, del aliento ilógico, del viejo hincha que lleva años sin ver levantar una copa a su querido Muni, del hombre que lleva a su esposa e hijo a la cancha en un domingo, del chico que junta sus propinas para pagar la entrada al estadio. Me enamoré de esa familia.

Pero el amor, como sabemos, tiene sus pruebas y muchas de ellas dolorosas. Para ese entonces no era frecuente ver que un chico como yo fuera hincha de Municipal. Más si en el historial no había antecedentes familiares. En el colegio, los compañeros no entendían y me enrostraban los pocos éxitos futbolísticos. La adolescencia es la edad en donde la identidad futbolística se forma y la mía, pese a todo, nunca tambaleó. Lo peor vino en el 2000, producto de una desastrosa gestión dirigencial, Municipal pierde la categoría y deambula entre la Segunda División y la Copa Perú. Fueron años de sombras, en donde la familia se hizo más fuerte. Se llenaban estadios, pero los resultados no se daban. En 2006 se logró el regreso a Primera, pero al año siguiente volvimos a descender. Entonces conocimos la miseria, de tumbo en tumbo caímos en la liga distrital. Jugando en canchas de tierra, en el subsuelo futbolístico. Pero ahí, en medio del caos, el hincha nunca abandonó. Eso me dejó claro, que no me había equivocado a los 13 años, que Municipal era mi equipo y que nunca dejaría de serlo.

Con una directiva seria y ordenada, Municipal subió peldaño a peldaño. Nadie nos regaló nada y volvimos al lugar que nos corresponde. Desde que Municipal subió a Primera no ha dejado de luchar arriba, clasificando a copas internacionales. La esencia no se perdió y nos hicimos más fuertes. Han pasado 67 años desde el último título de la ‘Academia’ y la pasión que genera es la misma. Entre hinchas y simpatizantes, desconocidos y rivales, el respeto hacia esa camiseta y lo que significa la franja en el pecho, es sin duda, lo que caracteriza a este club. Hoy Muni cumple cumple 82 años de fundación, de fútbol, de lealtad, valores y por sobre todas las cosas, 82 años de pasión


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