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Cubillas era el nuevo Pelé, Perú había jugado el mejor partido de los mundiales contra Brasil y el primer éxodo masivo de peruanos en el mundo estaba por iniciarse —Sotil a España, Mifflin a Argentina, Chumpitaz a México—. En 1972, la selección peruana gozaba de un prestigio inédito, ni siquiera visto en los años olímpicos de Lolo y Manguera, y caminaba en el continente a partir de una idea que nos haría tanto daño y tan felices: éramos buenos, muy buenos. Sirva este breve ejemplo para dimensionar la euforia. La famosa revista alemana Kicker, que le dedicó la tapa de tres ediciones a la Blanquirroja durante el mundial de México 70, tituló así en una de ellas, sobre la foto de Javier Gonzales y Cachito Ramírez:
—Wir werder Weltmeister.
Es decir, “Seremos campeones del mundo”.
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Dos años después, ese Perú crecido, que acabó octavo en la copa del mundo del 70, inició lo que hoy se conoce como La Primera Gira de los Tres Continentes, preparación para las Eliminatorias de 1974. El cuarto partido amistoso de esa gira, bajo la ambiciosa dirección técnica del húngaro Lajos Baroti, se jugó ante la URSS, el 19 de abril de 1972, precisamente en Kiev, la ciudad que hoy es noticia por la invasión militar ordenada por el presidente ruso Vladimir Putin y donde hoy el balón se ha convertido en bala y quizá, con tristeza, misil.
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“Lo que Baroti encontró en Lima fue a una dirigencia, una prensa y una hinchada ensimismada, soberbia y con una distorsionada idea de la realidad. Existía la impresión de que si no fuimos campeones o no llegamos a la final en México fue por molestos pero corregibles detalles, pues nuestro jugadores estaban a la par de cualquiera del mundo y éramos poco menos que una nueva potencia futbolística”. La frase es de José Carlos Yrigoyen, poeta, novelista y autor de Contra todo y contra todos (Penguin Random House, 2018), acaso la enciclopedia más completa sobre la selección peruana. Este extracto de la página 66 resume, entre otras cosas, el clima con el que iniciaba la gestión Baroti. “Era un lujo contar con un entrenador de ese nivel, con clasificaciones a mundiales con su país”, dice Mario Fernández, periodista de El Comercio que en aquellos años —los 70— tuvo la suerte de ser testigo de los primeros años de la generación dorada de nuestro fútbol. Wasapea, por ejemplo, con el Nene Cubillas; se abraza con el Cholo Sotil, se tutea con el Ciego Oblitas. Su primera misión con la selección adulta fue liderar la gira a Centroamérica, África y Europa, que se jugó entre abril y mayo del 72 y donde se incluyeron entre los viajeros a jóvenes que brotaban de los Interbarrios como hierba: Panadero Díaz, el Patrón Velásquez, el propio Oblitas. Ellos, sumados a la base de los mundialistas del 70, formaron el plantel que disputó cinco amistosos: 1-1 con Colombia en El Campín, derrota 2-0 ante México, nueva caída 2-0 ante la URSS —siglas de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas—, 2-2 con Rumania en Bucarest, 0-2 ante Escocia en Glasgow y una goleada final 3-0 frente a Holanda en Feyernoord, donde lo más recordado es el elegante duelo entre Chumpi y Johan Cruyff.
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Impronunciable en ruso (Cборная Советского Союза по футболу), la selección de fútbol de la URSS representó a todos los futbolistas nacidos en ese territorio hasta 1991, fecha en que se desintegró la Unión. Aunque jugaron mundiales desde Suecia 58, fueron campeones de la Euro en el 60 y ganaron dos veces el oro olímpico, aquí, el Perú, el recuerdo más evocado por los futboleros es la belleza de su camiseta, roja con cuello marinero adidas, blanca con ribetes colorados, roja con listones, pero siempre en el pecho las siglas CCCP. Y, sobre todo, el hombre que fue el rey de los unos: la Araña Negra Lev Yashin, el único arquero en ganar el Balón de Oro y quien, sin embargo, en diciembre del 64, perdió ante Alianza y Cristal en amistoso jugados en Lima. Allí pareció, según publicó El Comercio al día siguiente, que era “más ruido que las nueces”.
Sin Yashin en el arco rival pero sí con el Chicho Uribe en el nuestro, la selección enfrentó a la Unión Soviética en el Estadio Central de Kiev —antes Estadio Rojo, hoy Olímpico— y cayó por 2-0. Según reporta el libro Contra todo, Contra todos, aquel recinto agotó sus 100 mil localidades para ese 19 de abril y, en consecuencia, sería el encuentro amistoso jugado por Perú ante mayor cantidad de público de toda su historia. Remodelado en 2012, el coloso parece un ovni estacionado entre los árboles de la ciudad, envuelto en una estructura de metal que lo hace todavía más imponente. Perú alineó con Manuel Uribe; Rodolfo Manzo, José Velásquez, Héctor Chumpitaz, Antonio Trigueros; Ramón Mifflin, Alfredo Quesada, Juan Muñante; Percy Rojas, Teófilo Cubillas y Héctor Bailetti (Hugo Sotil, 45′). Allí donde hoy se escuchan bombas, producto de la decisión del presidente ruso Vladimir Putin de iniciar acciones militares donde hoy se levanta Ucrania, la selección cayó 2-0 con goles de Banichevnki y Konikov en el primer tiempo. “Jugar contra selecciones de ese nivel —me explicó alguna vez el Capitán de América— probaba de qué madera estábamos hechos. Yo creo que esos partidos nos sirvieron de mucho, pese a las derrotas: luego fuimos campeones de América en 1975″.
Lo más bello de aquel partido es la camiseta de Confecciones Cárdenas, con botón de nácar y el escudo de Perú bordado en el pecho, incomparable.
ASÍ FUE EL PARTIDO:
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