Por Marco Quilca León

Durante años, sus apellidos parecían escribirles un destino. Ser hijo de Jefferson Farfán o de Juan Manuel Vargas, dos de los grandes referentes de la selección peruana de las últimas décadas, podía convertirse en una invitación casi inevitable a perseguir el mismo sueño: ponerse los chimpunes, pisar una cancha de fútbol y tratar de continuar un legado familiar. Pero Adriano Farfán y Jota Vargas decidieron algo distinto. Eligieron el deporte, sí, pero no necesariamente el fútbol.

Conforme a los criterios de

Trust Project
Tipo de trabajo: