Por Carlos de la Puente

Vista desde la parte alta de la tribuna de Occidente la escena se parecía a algún momento de la Guerra de las Galaxias, o a las descripciones épicas de Tolstoi en Guerra y Paz. Los dos ejércitos estaban perfectamente alineados, listos para una batalla. En la tribuna Norte, decenas de miles de barristas de la `U’ ya habían roto la alambrada que los separa del campo. Frente a ellos, unos 40 policías en tres filas, 20 de ellos sujetando perros Doberman. Como refuerzo, al lado del contingente policial estaba, sereno, un rochabús, con su cañón mirando de perfil (con algo de desdén y autosuficiencia) a sus inminentes contrincantes. La policía parecía esta vez segura de impedir que los hinchas entren al campo. Es una imagen preciosa para muchos de los modernos intérpretes del Perú actual. Allí estaba la alegoría del desborde popular frente a la autoridad. Allí la escenificación del instinto (miles de hinchas semidesnudos o con las caras pintadas) que no quieren someterse al orden.