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Con el “Somos tricampeones, otra vez” coreado por 80 mil y la bandera de la “estrella 29″ que flameó Ureña: lo que no se vio de la coronación crema en el Monumental
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“Chileno, te quiero mucho”, grita un hincha de Universitario desde la tribuna de occidente pegado a norte. Muchas cabezas giran a ver quién es el autor de la frase que resume el sentir de miles hacia Rodrigo Ureña, un soñador que salió de Conchalí, Santiago, a demostrar su fútbol por las canchas de Sudamérica. Bicampeón en Colombia y tricampeón en el Perú. Sin temor a equivocarme, es el chileno con más vueltas olímpicas ha dado en los últimos cinco años fuera de su país.
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Anoche, su vuelta fue cabalística. Como en las celebraciones del 2023 y 2024, Ureña tomó la bandera y lideró al pelotón de campeones. “Y ya lo ven, y ya lo ven, somos tricampeones, otra vez”, cantaban en coro los casi 80 mil que coparon tribunas y palcos en un Monumental que mostró los arreglos para la final de la Copa Libertadores el próximo 29 de noviembre. Y ahí, al frente, la soledad de Ureña solo terminó cuando sintió el afecto de miles.
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La ‘U’ ya empató 0-0 con Deportivo Garcilaso. Unos 90 minutos de bostezos, decepciones y grito contenido por su hinchada. El punto le alcanza a los cusqueños para asegurar un cupo a la próxima Copa Sudamericana, y le asegura a Universitario un partido más invicto en el Clasura 2025 de la Liga 1. Si contra Los Chankas en Andahuaylas gana o empata, los merengues habrán firmado otro récord en este tricampeonato de marcas incalculables e imborrables.
Las vueltas de la vida
El hincha cumplió, repitó. Colmó las graderías y palcos del Monumental un viernes por la noche. Sin embargo, no hubo goles. Solo muchos “ufffffff”, luego de que fallaron Pérez Guedes, Concha y Castillo frente al arco. El que es campeón celebra como quiere, el que es tricampeón mucho más.
El Estadio Monumental no fue solamente un estadio: fue una ciudad dentro de otra. Una ciudad levantada sobre la alegría de 75 mil personas que, durante años, aprendieron a resistir. Desde temprano, el aire tuvo esa vibración particular que anuncia las noches que se recuerdan, las noches en las que algo grande se define, aunque ya esté definido. Universitario de Deportes celebraba el tricampeonato y nadie quería mirar esto desde lejos. Había que estar ahí, dentro, respirándolo, sosteniéndolo, gritándolo.
La fiesta empezó mucho antes de que los jugadores salieran al campo. Se escuchaban tambores y bombos entrando por las bocacalles, banderas ondeando desde los techos de los autos que avanzaban lento por la avenida Javier Prado, el rumor creciente de familias enteras vistiendo la misma camiseta, como si fuera una piel heredada. Hubo quienes no necesitaban hablar: se miraban entre sí y bastaba esa mirada para entender el trayecto que había costado llegar hasta acá. Del 2023, cuando se venció a Alianza en su propio estadio; del 2024, el año centenario que se sintió como una tesis viva sobre lo que significa resistir; y del 2025, que fue menos un campeonato que una proclamación: la U había recuperado la costumbre de ganar.
Y cuando el equipo salió, no hubo sonido que pudiera contener ese estallido. Fue como si el estadio entero respirara al mismo tiempo, como si la ovación fuera una ola que se levantaba desde la tribuna norte y se expandía hacia oriente, occidente y sur. En la cancha, los futbolistas formaron un círculo breve, privado, como quien agradece en voz baja antes de hablarle al mundo. Se miraron, se tocaron los hombros, se dijeron lo que ya sabían sin palabras: este título también es para los que ya no están, para los que esperaron, para los que nunca se fueron.
Y entonces apareció Rodrigo Ureña.
No entró trotando. Entró caminando lento, como quien entiende que el momento no se corre: se habita. Llevaba en las manos una bandera enorme, blanca, con la estrella 29 marcada en rojo oscuro, el color de la sangre y de las victorias que cuestan. La flameó primero hacia norte, donde el corazón del Monumental late desde antes que existiera cemento. Después, hacia los cuatro puntos, como quien bendice una casa que ha sido defendida demasiadas veces.
Ureña no necesitó gritar. Apenas levantó el brazo y ese gesto, sencillo e inolvidable, hizo que miles dijeran su nombre al unísono. Chileno, sí, pero desde hace tiempo también algo más: un futbolista que entendió lo que significa esta camiseta y decidió sostenerla incluso cuando dolía. Esa bandera era una afirmación y un homenaje. La 29 no era solo una estrella. Era una cicatriz que el club había aprendido a lucir con orgullo.
De pronto, desde el otro lado del campo, una escena más terrenal, más brusca, más urgente: Williams Riveros, el paraguayo que juega como quien defiende a su familia, se trepó al alambrado de la tribuna norte. No había cámaras que lo estuvieran esperando. No había guion. Lo hizo como quien actúa por instinto: necesitaba llegar al hincha, tocarlo, respirarlo desde cerca. Sus manos se aferraron a la malla como si fuera una cuerda que lo sostenía a él mismo. Se golpeó el pecho varias veces. Gritó sin sonido. Y del otro lado, miles hicieron lo mismo. Fue un reflejo. Fue una identidad compartida.
Riveros no estaba mirando un público; estaba mirando a su gente. Y por un momento, el Monumental fue la casa grande de un solo corazón, latiendo sin interrupción.
Los capitanes
La celebración siguió. Hubo luces, hubo fuegos artificiales, hubo papel picado volando como nieve cálida en una noche de verano adelantado. Pero el momento que quedó grabado para siempre fue otro, uno más silencioso, más profundo.
Aldo Corzo, Andy Polo y Edison Flores se acercaron al centro con los tres trofeos en las manos. No estaban solos: los rodeaban compañeros, técnicos, utileros, dirigentes, pero el foco estaba en ellos. No porque fueran más, sino porque representaban algo que pocas veces se ve en el fútbol moderno: permanencia y fe.
Flores levantó el del 2023. Fue el título de la resistencia, el que se ganó lejos de casa, el que se celebró como se celebran los triunfos íntimos. Polo levantó el del 2024, el de los cien años, el del centenario que parecía escrito en algún libro que se había extraviado y que el equipo encontró a tiempo. Corzo levantó el del 2025, el del presente puro, el del equipo que aprendió a ganar sin explicaciones.

Los tres levantaron los trofeos juntos. Y entonces el Monumental se convirtió en un coro: “¡Y DALE U!”. El grito no salió de una garganta. Salió de la memoria. Porque un tricampeonato no se celebra con la alegría inmediata.
Se celebra sabiendo que esto no empezó hoy. Que empezó en cada caída. Que empezó cuando algunos se fueron y otros se quedaron. Que empezó cuando se decidió que la historia no se cuenta: se defiende. Y esa noche, el club más campeón del Perú volvió a dar su nombre completo: Universitario de Deportes. Tricampeón. Otra vez.
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