Por Miguel Villegas

Nunca fue arquero superman ni capitán megaídolo y mucho menos, un bocón que gritara sus odios más de la cuenta. Fue, ahora que todos revisan sus 22 años de carrera, un portero hecho en la cantera absolutamente confiable -los periodistas le decíamos “Ibáñez joven”-, competitivo en todos los entrenamientos -ese rubro invisible- y líder de dos vestuarios muy pesados -el 2013 y el 2023, con Galliquios y Ruidíaz, con Corzos y Orejas- que, con sus matices, explican por qué José Carvallo era el último en renovar su contrato pero el primero por el que preguntaban sus entrenadores. Si Carvallo seguía, se podía construir un vestuario. Si Carvallo se iba, la U se quedaba sin medio equipo.

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