Por Marco Quilca León

Nada cambió. Ni en la cancha ni en las tribunas. Ni en la forma en que Universitario entiende el fútbol, ni en la manera en que su gente lo habita. El Monumental, repleto con más de 50 mil almas, volvió a ser ese coloso que vibra al unísono, que respira en familia con padres cargando en sus hombros a hijos y abuelos que rememoran el pasado cada vez que pueden, y que empuja a su equipo tricampeón con la misma fe con la que se empuja un sueño que ya no parece imposible: el primer tetracampeonato de su historia.

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