Por Renato Cisneros

Pocas cosas son más conmovedoras que un deportista derrotado. Sobre todo si se trata, como sucede en las competencias olímpicas, de atletas amateurs que han entrenado demasiadas horas con la ilusión de consagrar su nombre. Y si en esa derrota asoma la menor sospecha de injusticia, la conmoción del público se convierte rápidamente en solidaridad. Es lo que ha sucedido con Angela Carini, la boxeadora italiana que abandonó la pelea con la argelina Imane Khelif tras recibir un derechazo que le sacudió el rostro. El combate apenas había durado cuarentaiséis segundos. «Nunca me habían pegado tan fuerte», declaró Carini entre lágrimas; su llanto tenía menos que ver con el dolor físico y más con la frustración de saber que su oponente no peleaba en igualdad de condiciones: su prueba genética delataba la presencia de cromosomas XY.

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