“La copa que robé”, por Renato Cisneros
“La copa que robé”, por Renato Cisneros
Renato Cisneros

A mediados de 1988, en el colegio se desató una auténtica fiebre por el tenis de mesa. No sabría precisar a qué se debió, lo cierto es que durante los recreos todos los chicos de tercero, cuarto y quinto de media, en lugar de irse a jugar fútbol, se arremolinaban alrededor de las cinco mesas del patio, con la esperanza de meter siquiera un par de raquetazos y probar su destreza. Era tal la muchedumbre que los abusivos alumnos mayores cedieron a las presiones de los menores y establecieron un mecanismo justo: se disputarían partidos relámpago de un minuto para dar chance a todos. 

Yo estaba en segundo y un día, de puro mono, me puse en la cola a esperar un turno. Nunca en mi vida había jugado pimpón, pero el chiste era imitar a los demás, así que no me importó la inexperiencia. Para mi sorpresa --y la de mis compañeros de salón--, resulté ser un pimponista brillante. No solo maniobraba la paleta con inusitada calidad, sino que además tenía 'swing' y veloces reflejos. A ratos, parecía coreano de tan menudo y venenoso. Ni yo me lo creía. Recreo tras recreo, semana tras semana, fui confirmando mi -hasta ese momento- escondido talento. El pimpón y yo --qué duda cabía-- estábamos hechos el uno para el otro. 

Animado por ese descubrimiento, en Navidad le pedí a mi papá comprar una mesa. Era un regalo costosísimo, pero él accedió bajo una condición: que convocara a un campeonato familiar para que participáramos todos. Apenas se inició el verano del 89, organicé un torneo con notable éxito. Por la mesa desfilaron todos los hombres y mujeres que vivían y trabajan en la casa: mi viejo, mi vieja, mis dos hermanos, el jardinero, los dos guardaespaldas y hasta la cocinera, que se rehusaba a jugar con la paleta oficial y empleaba una sartén. 

Como era de esperarse, les gané a todos fácilmente y me hice acreedor de un pequeño trofeo que mi papá compró especialmente para la ocasión. 

Al siguiente verano ocurrió exactamente lo mismo. Gracias a mis entrenamientos diarios, despaché a mis contrincantes sin problemas y me quedé con la segunda Copa Cisneros. Estaba en mi mejor momento. 

El verano del 91, sin embargo, marcó mi debacle. Había llegado a la casa un chico chimbotano que una tía le recomendó a mi mamá para que la ayudara con la limpieza. Se llamaba José y tenía 15 años, uno más que yo. Les sugerí a mis papás que lo incluyéramos en el campeonato para que no se aburriese mirándonos; ellos saludaron mi gesto filántropo y accedieron felices. 

Dieciséis años han pasado desde entonces, y aún maldigo la hora en que se me ocurrió semejante disparate. Al trinchudo de José le tomó cinco minutos aclimatarse al frenesí del pimpón y una vez que el torneo comenzó fue deshaciéndose de los rivales con inexplicable sencillez. Derrotó a mi mamá en octavos de final, a mi hermano en cuartos y en la semifinal doblegó al más recio de los guardaespaldas. En la última fase se topó conmigo. Como yo llevaba dos veranos haciendo alarde de mi superioridad técnica, no fue difícil que me ganara las antipatías de la familia, cosa que Josecito supo capitalizar muy bien. La barra estaba de su lado. 

Durante el partido definitivo, el chimbotano se convirtió en una fiera máquina de responder mis mates. Intimidado por los chiflidos de la tribuna, cometí decenas de errores no forzados, malogré saques y acabé perdiendo inapelablemente. No lo podía concebir. Después de dos años, la gloria me era esquiva. 

Al momento de la premiación, todos aplaudían a José. Yo, en una esquina, lloraba de rabia. Para colmo, ese año mi papá había comprado un trofeo enorme y hermoso, y cuando el chico este lo levantó con las dos manos no cabía en su felicidad. Aún recuerdo sus cachetes rojos, sus muelas desordenadas, su pelo pajoso. 

Dos semanas más tarde, José tuvo que regresar a Chimbote por una emergencia. El día de su partida, aprovechando que mi mamá le daba los últimos abrazos de despedida en la cocina, corrí sigilosamente hasta su habitación, abrí su equipaje y, sin ninguna culpa, rescaté el trofeo de pimpón que moralmente me pertenecía. 

Nunca supimos nada más del chico chimbotano. Mis padres me castigaron cuando días después les conté del robo, pero poco pudieron hacer. La copa se quedó conmigo y hasta hoy la conservo. Si llegas a leer esto, José, donde quiera que estés, espero de corazón que me hayas perdonado. 

(Publicado en junio del 2005)