Por Marco Quilca León

El sonido de una campana volvió a escucharse en la Bombonera. Habían pasado dos años desde la última vez que ese golpe metálico anunció el inicio de una pelea. Dos años de silencio en un lugar acostumbrado al ruido de los guantes, al grito de las tribunas y a las historias de hombres y mujeres que aprendieron allí que para levantarse también había que saber caer.

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