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"El campeón que corre con la muerte", por Ricardo Montoya

“La intensidad de la pasión de Lauda por los fierros bien vale una vena, una arteria, el corazón entero”.

"El campeón que corre con la muerte", por Ricardo Montoya

"El campeón que corre con la muerte", por Ricardo Montoya. (Foto: AFP)

“No deberías preocuparte por tu cara, Niki, ya eras horrible antes del accidente”. Irónico, James Hunt nunca pensó que su estilete dialéctico sería la espuela que impulsaría a Niki Lauda a desafiar a los médicos, subirse a su McLaren y competir en el Gran Premio de Monza, tan solo 42 días después de haberse ‘carbonizado’ en las pistas de Nürburgring. ¿Podrá alguien entender semejante insania? No solo su rostro había sufrido quemaduras irreversibles, sino que también, por causa de la humareda, el estupendo automovilista austríaco había inhalado dosis, en apariencia letales, de monóxido de carbono.

Corría 1976 y Lauda, campeón la temporada anterior, comandaba con holgura la carrera de pilotos de aquel año cuando perdió el control de su monoplaza y ardió en llamas. Su inminente ausencia del circuito prácticamente garantizaba el título al británico Hunt, su arrogante enemigo, y esa afrenta Lauda no la podía permitir. Pese a la gravedad del daño en sus pulmones, Niki apuró su retorno a las pistas para obtener, todo llagado y con la respiración entrecortada, un asombroso cuarto lugar.

El móvil de la hazaña se nutría de la inquina hacia Hunt, pero también de una pasión desmedida e insólita por el automovilismo. Lo normal es para amores normales, pero la intensidad de la pasión de Lauda por los fierros bien vale una vena, una arteria, el corazón entero.

Hace tres días, Niki Lauda ha tenido que someterse a un urgente trasplante de pulmón. Las secuelas de aquella tarde del 76 en Alemania lo acompañan todavía. Tras la reciente cirugía el pronóstico, sin embargo, es favorable. Lauda se empeña, como en casi toda su carrera, en oponerse a los designios de la lógica para salirse con la suya. Como sucedió aquella vez en 1984. En esa temporada el campeonato se decidiría en la última carrera del año en Estoril. Niki necesitaba, por lo menos, quedar en segunda posición para asegurarse la corona. De no ser así, y si ‘El Profesor’ Alain Prost era el primero en cruzar la bandera a cuadros, sería el pequeño galo el monarca de la velocidad extrema de ese año.

El caso es que, tras un inicio poco auspicioso que le supuso estar lejos del título hasta el tramo final de la competencia, Niki pudo, en las instancias decisivas, superar primero al prodigioso Ayrton Senna y luego cerca del desenlace aprovechar el trompo de Nigel Mansell para apropiarse milagrosamente del segundo lugar.

Prost ganó aquella tarde en Portugal y descorchó el champán, pero, por medio punto en el conteo general, Niki se adueñó del Campeonato Mundial de pilotos. Aquella oportunidad fue también la última vez que Lauda, Prost y Senna, tres de los más grandes íconos de la Fórmula 1, compartirían juntos el podio de los vencedores.

Anteayer los doctores del Hospital General de Viena se pronunciaron: “Niki tiene altas posibilidades de llevar una vida normal pese a que la esperanza de vida antes de ser intervenido era a lo sumo de algunas semanas”. Una vez más, como el Houdini de sus mejoras épocas, este Lauda de 69 años vuelve a escaparle a su perseguidora más tenaz.

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