Por José Antonio Bragayrac

Veinte minutos después aparecería con el plumón negro entregado por uno de sus asistentes en su mano izquierda, listo para ejecutar con impecable paciencia cada uno de las cientos de autógrafos que dedicaría en sus 24 horas en Lima. En la puerta de la zona de desembarco del aeropuerto, donde se había concentrado medio centenar de fanáticos, una comitiva compuesta por representantes de la organización del evento, familiares y amigos, lo esperaba presurosa para conducirlo hacia la minivan blanca marca Hyundai que lo llevaría al hotel Hilton. Rafael Nadal no tuvo tiempo de sorprenderse a su salida. Los gritos acalorados, arrojados con la fuerza de un toro y con la misma dirección certera con que se lanzan desde las tribunas populares de los estadios de fútbol, le atravesaron el alma. Rafa, acostumbrado a reaccionar a la velocidad de la luz en la pista de tenis, atinó a sonreír mientras una multitud desaforada repetía ¡Rafa!, ¡Rafa!, ¡Rafa! y un chiquillo, tal vez aficionado, tal vez curioso, gritaba absorto: “Asuuuu, es bien alto ese hue...”.

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