Sergio Barreda, surfista nacional. (Foto: Archivo personal Sergio Barreda)
Sergio Barreda, surfista nacional. (Foto: Archivo personal Sergio Barreda)
Patrick Espejo

Lo más popular entre los jóvenes a mediados de los años Ochenta, era caminar por las calles luciendo unos polos de colores con unas iniciales ‘GB’ estampadas en el pecho. Era lo más ‘in’. La moda incluía los pantalones acampanados y las zapatillas claras; blancas por lo general. Lo usaban los surfistas, como si se tratara de una marca distintiva, como si fuese el uniforme único que le daba vida al monocromático gris que nos obligaban usar para ir al colegio.

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Pocos sabían, me atrevo a decir, que las siglas GB estaban íntimamente relacionadas al Gordo Barreda. Yo lo sabía porque, como buen fanático de los deportes –desde chiquito–, seguía y admiraba a mi primo Chalo Espejo cómo era capaz de pararse y maniobrar en una de esas tablas hawaianas, también con las iniciales GB grabada a uno de sus lados, hasta consagrarse bicampeón nacional en 1985 y 1986.

Todos éramos parte del Equipo GB (además, pronunciado bien a la peruana “ge-be” y no “lli-vi” como podría decirse hoy). Con Chalo estaban, Magoo de la Rosa, Titi de Col, Martín Jerí y otros monstruos de la tabla. Era un equipo que el ‘Gordo’ había formado. Magoo fue el ‘top’ de todos ellos. Siete veces campeón nacional y en el 2007 se consagró campeón mundial máster.

Sergio Barreda fue uno de los pioneros del surf, al menos del surf como lo conocemos, que ya por entonces ya había tenido a Felipe Pomar consagrado como campeón mundial en Punta Rocas en 1965. Tuvo la habilidad de preparar tablas. Construirlas. Era el ‘shaper’ favorito. Algunos años antes, en los comienzos de los Setentas, el ‘Gordo’ completaba su cuarta corona nacional. Tenía como principal oponente al ‘Chino’ Malpartida, el papá de Kina, la boxeadora que se consagró campeona mundial.

Su tienda en la calle Atahualpa, en Miraflores, era el ‘point’. Pero eran tiempos difíciles. El surf, en medio de noticias de atentados, coches-bomba o acciones de terror, era considerado un pasatiempo de algunos cuantos. En general, el deporte dejó su categoría de formación y pasó a ser un hobbie. Salvo las chicas del vóley que en esos años Ochenta ganaban y ganaban y ganaban. Ver a los tablistas en la Costa Verde, o en alguna playa del sur, significaba considerarlos como un grupo de locos que desafíanban las frías aguas del Pacífico.

Los años pasaron, y la revolución del surf llegó unos años después, con esa doble consagración de Sofía Mulanovich, ganando en el 2004 el Mundial ISA en Salinas (Ecuador) en marzo, y consagrándose en noviembre del mismo año en Hawái en el Circuito Profesional. Su triunfazo le cambió la cara al deporte. Lo popularizó.

¿A qué vienen todos esos recuerdos? A que el último fin de semana, en Miraflores, se llevaron a cabo dos hitos nuevos en la historia de la tabla. La historia del ‘Gordo’ ha quedado ahora perennizada en una estatua de 2,2 metros ubicada en la playa Makaha preparada por el escultor José Carlos Vargas. Y, el segundo hito, fue que Vania Torres y Lucca Mesinas se quedaron con el primer puesto en la Copa Gordo Barrera, que organizada por su antiguo pupilo, Chalo Espejo, y que se llevó a cabo en Punta Roquitas, en Miraflores.

Éste ha sido el primer campeonato presencial, competitivo, disputado en el Perú desde que se declaró oficialmente la pandemia. El primero después de fútbol y vóley, claro. El primero de varios, pues esta semana comienzan dos torneos internacionales de judo y otro de bádminton. El sábado la Federación Peruana de Atletismo anuncia su primer control oficial.

Ahora si, sin los pantalones acampanados o los polos GB luciéndose por las calles, el deporte se abre espacio y pasa a ser una gran alternativa para convencer a la población de seguir cuidándose desde casa. Es que las competencias pueden seguirse por TV.

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