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“En vías de extinción”, por Ricardo Montoya

“Ningún campeón del mundo ha sido menos castigado sobre un cuadrilátero que ‘Sweet Pea’”

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Pernell Whitaker murió a los 55 años. (Foto: AP)

Se conoce como puristas a todos aquellos boxeadores que optimizaron la filosofía con la que fue concebido el pugilismo en cada una de sus presentaciones. Son aquellos que dictaron sobre el ring cátedras al respecto. Son los que desecharon la ruta opuesta de los gladiadores que, a punta de mandobles, forjaron su propio camino de valentía, fortaleza e ímpetu. Este otro derrotero, el elegido por ‘El Caballero’ Jim, Willie Pep, Nicolino Locche y más tarde Floyd Mayweather Jr., implicaba una exaltación de la técnica boxística pero también facultades perceptivas y de adaptación superiores a la del resto de los demás púgiles. El arte de la defensa es una ciencia dulce en la que se sincretizan destrezas genéticas y habilidades aprendidas. En ese rubro, el de los estilistas a ultranza, en el de aquellos que creen que el boxeo le pertenece a “los intocables”, Pernell Whitaker fue el mejor de todos.

En la historia del boxeo, ningún campeón del mundo ha sido menos castigado sobre un cuadrilátero que ‘Sweet Pea’, como se le conocía a Whitaker. Él era un purista, el sumun de la defensa. Era Mayweather antes de Mayweather. Y todavía más. Se trataba de un luchador capaz de imponer su voluntad en todas y cada una de sus peleas. Aun en las que le tocó perder.

Ya víctima de la cocaína, frente a un Tito Trinidad en su esplendor, Pernell se las ingenió para poder complicarle la vida al campeón puertorriqueño, que terminó anotándose una deslucida victoria, más por cantidad de golpes lanzados que por haber dañado a Whitaker. Dos años después, tras haber dejado atrás su adicción, volvió al ring para despedirse. Y dominaba claramente a Carlos Bojórquez cuando, en un intercambio, se dislocó un hombro y debió abandonar el combate.

Incluso esas dos veces, y ya en su supuesto ocaso, ‘Sweet Pea’ siguió siendo la mátrix de la elusión. “Inclusive, si peleo contra Dios, y si yo no quiero que me toque, no lo va a poder hacer”. Así de seguro se sentía respecto a sus bondades sobre el entarimado. En palabras de Max Kellerman, hombre fuerte de las trasmisiones de ESPN, Whitaker era “uno de los tres mejores boxeadores naturales de todos los tiempos”. A juicio de la revista “The Ring”, ocupaba el décimo lugar en el ránking libra por libra de la historia y el primero entre los zurdos. Para Julio César Chávez, fue su “rival más duro”; para el inolvidable Bert Sugar, llegó acaso a ser el mejor púgil defensivo que jamás haya existido.

Pernell fue campeón en cuatro distintas categorías y el más eximio pugilista de los 90. Sin embargo, sus excepcionales atributos en el cuadrilátero contrastaban con su poco sentido comercial. No era imán de taquilla ni tenía un buen promotor. Así, sufrió arbitrariedades en las tarjetas de los jueces: no empató con Chávez ni fue derrotado por Ramírez y De la Hoya, aunque su récord afirme lo contrario. Como sucedía con Mayweather, el público quería verlo perder, pero él no perdía nunca. El martes por la noche, el hombre que supo adivinar los golpes antes de que fueran lanzados no pudo esquivar el impacto de la muerte. Su adiós sacude las entrañas del boxeo. Cada vez quedan menos dinosaurios en el ring.

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