Por José Antonio Bragayrac

Establecer los argumentos de una victoria de la selección peruana tan esperada puede que resulte peligroso para un corazón que resume el éxtasis en un instante: cuando Piero Quispe despega la mirada del suelo y ejecuta un centro impecable para que Miguel Araujo se eleve con una técnica perfecta y defina de un cabezazo que bien pudo tener la fuerza de un tanque o la contundencia de un misil, pero sobre todo el deseo contenido de un país por ganar.

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