Por José Antonio Bragayrac

El pasillo del sector sur del estadio Nacional de Santiago era también una bomba de tiempo. La brisa fresca en el ocaso del verano chileno no llegaba disipar un ambiente rebosante de tensión y nerviosismo. Ahí, entre el secretismo absoluto de Marcos Calderón para hacer pública la alineación de Perú recién en el último instante, y el clima hostil que escalaba por una visita a Chile luego de conflictos diplomáticos que nos tuvieron al borde de la guerra; un cajón, una guitarra y una potente voz de tenor hacían fila en la puerta del camerino de la selección peruana, sin imaginar que minutos después, protagonizarían una de las escenas más poéticas y a la vez patrióticas del fútbol peruano. Eran Óscar Avilés, Arturo ‘Zambo’ Cavero y Augusto Polo Campos.

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