Por Pedro Ortiz Bisso

Cada vez que llegan elogios sobre su desempeño, es un lugar común recordar que Erick Noriega se ganaba la vida subiendo y bajando cajas de un camión, y cachueleando como profesor de vóley hace solo tres años. Los clubes no mostraban mayor interés por él. La dimensión de su desaliento hizo que pensara en colgar los botines y dedicarse a otra cosa.

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