Por Pedro Ortiz Bisso

Hace unos días había aparecido en una entrevista con la mirada desafiante y orgullosa, enumerando los supuestos logros de su mandato, pintando un paraíso pelotero habitado por unicornios. La vida, lo sabemos, da demasiadas vueltas; sin embargo, pocos imaginaron ver a Agustín Lozano enmarrocado y rodeado de policías. El directivo de sonrisa forzada, que se preciaba de tener una inteligencia superior a la de cualquier periodista, ya no era más el gallito retador que se sentía inmune a las críticas. Enfundado en una casaca de plumas amarilla, lucía distinto. Se asemejaba más a un rollizo canario vulnerable y huidizo.

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