“Milonguero” debe ser el adjetivo más fuerte que ha recibido Ricardo Gareca en los siete años que lleva al mando de la selección. No le han dicho “fracasado”, “ladrón” o “perdedor”, tampoco lo han vestido de bailarina exótica para ilustrar la carátula de un tabloide o han distorsionado su rostro para darle viralidad a un meme. Es difícil recordar una pregunta que lo haya puesto en aprietos o provocado una rayita de sudor. Aún en los momentos más duros, ha recibido más elogios que recriminaciones. Sus críticos más fieros lo han tratado con la misma reciedumbre que un osito de peluche.

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