"Dioses con raquetas", por Jerónimo Pimentel [OPINIÓN]
"Dioses con raquetas", por Jerónimo Pimentel [OPINIÓN]
Jerónimo Pimentel

Los aficionados que sacrificaron sueño para levantarse a las 3:30 de la mañana el domingo lo saben: nunca antes se ha jugado mejor tenis en la historia.

Luego, corresponde tratar de entender. Una forma de decirlo es que después de una para de seis meses y al límite físico de su carrera, obtuvo un nuevo Grand Slam, el 18 en su vitrina, ante su némesis, , quien acarreaba su propio historial de lesiones. Esa es una manera de contarlo. Otra es decir que la rivalidad entre ambos ratificó, en la Rod Laver Arena y ante el propio Rod Laver, que es la más importante de nuestro tiempo, muy por encima de aquella que libran Messi y Cristiano, por ejemplo. El partido fue una demostración del poder que tienen las narrativas que cada uno de ellos ha construido sobre sí mismo. Federer, el talento pulido por la técnica. Nadal, el representante de una cultura de la tenacidad y el sufrimiento, si se permite el oxímoron, gozosa. Nunca la nacionalidad estuvo tan dispuesta al cliché: la belleza helvética de un tenis perfecto contra el arrojo y la potencia de un animal ibérico.

Puesto así el enfrentamiento, que favoreció históricamente al español, el reto de Federer se hacía más alto. No solo por el efecto psicológico de tener que enfrentar a quien lo ha vencido 23 veces, sino por el entorno: fue aquí, en el 2009, cuando Nadal lo hizo llorar y rogar (“Dios, esto me está matando”). Nada de eso se vio en este partido: la experiencia, unida a la frescura de quien se sabe veterano pero elegido, permitió que el campeón se parara en la línea de fondo dispuesto a acortar puntos y lanzar. Los tiros ganadores y los errores no forzados se intercalaron sin que la intermitencia lograse inmutar al de Basilea. El drive de Nadal, que lograba tiros profundos, no hicieron retroceder a Federer ni lo forzaron a recolocar su posición; todo un alarde de muñeca y mentalidad. La estadística confirmó la efectividad de la estrategia: 73 winners contra 53 errores no forzados.

Nadal, en el otro extremo, buscó el revés del suizo con esos golpes altos y liftados que tantos problemas le han traído a su rival. Para recibir, retrocedió casi al límite donde se ubican los jueces de línea con la seguridad de que el espacio es tiempo y que, con potencia, sería capaz de contestar incluso los saques precisos. Fe pura en el músculo, con los dientes apretados, la bandana ajustada en la frente y la esperanza de que, tarde o temprano, el viento cambiará de dirección. Y vaya que cambió. Con Federer en pleno, Nadal ofrecía resistencia; con Federer errático, en cambio, el español arremetía ajustando los ángulos y los efectos. Cuatro horas de ires y venires que se sumaban, en su caso, a las cinco que le tomó derrotar a Dimitrov. En la épica, en la hazaña larga, Nadal se encuentra.

El resultado, en este nivel, es anecdótico. En cualquiera de los casos habría sido un triunfo tenístico. Solo estos dos colosos han sido capaces de retrasar tan dramáticamente el relevo generacional y justificarlo en una final gloriosa. En el 2004, el primer año que el suizo acabó en el primer puesto del ránking, tuvo como escolta a Andy Roddick (retirado, un año menor que él) y a Lleyton Hewitt (retirado, de su misma edad). Safin, Nalbandián, el propio Moyá, hoy entrenador de Nadal, pasaron. Y pasó también Ljubičić, hoy coach del suizo, y Davydenko, y todos los demás que intentaron interrumpir el choque de estos astros. Ya en el descanso de la ceremonia, las reverencias mutuas, más que protocolo, fueron una muestra más de la íntima comprensión que los hermana. Hay algo entre ellos que es una mezcla de paridad, correspondencia e historia viva que los demás sospechamos, pero no entendemos. ¿Qué se puede añadir entonces? Tal vez silencio, tal vez aplausos.

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