Favid Ferrer, tenista español. (Foto: AFP)
Favid Ferrer, tenista español. (Foto: AFP)
Ricardo Montoya

Periodista y psicólogo

@RMontoyaDes

El cuerpo avisa, las pistas se hacen cada vez más evidentes y, sin embargo, lo sigue intentando. Continúa yendo, una y otra vez, con la misma obsesiva determinación del pasado, a todas las pelotas que vienen del otro lado de la red. Está claro que el corazón en estas cosas no engaña, que ya no va a alcanzarlas como hace unos pocos años. Pero eso le importa poco, igual las corre, igual va por cada una de ellas. “La grandeza consiste en tener una identidad y no en que esa identidad esté en la cumbre o en el suelo”, filosofa Ariel Scher, y la ejecuta como dogma de fe sobre una cancha de tenis.

En una investigación llevada a cabo en la Universidad de Lausana, se concluyó que los tenistas profesionales son casi siempre mejores en habilidades perceptivas que aquellos que practican otros deportes. “No solo pueden advertir hacia dónde irán las bolas, a través de una predicción de los movimientos corporales del rival, sino que se valen de su adiestrada visión para seguir ese pequeño objeto de deseo y golpearlo de nuevo”, precisa Leila Overney, jefa de la Facultad de Neurociencias Cognitivas de la institución.

Es, precisamente en este rubro, en el que David Ferrer ha destacado más que sus contemporáneos: Roger Federer (1,85 m), Rafael Nadal (1,86 m), Novak Djokovic (1,88 m) y Andy Murray (1,90 m) contaban con mejores atributos físicos y mayor poder de ejecución que David. Así las cosas, ‘La Maquinita de Javea’ de apenas 1,74 m aprendió a convivir con la desventaja y los enfrentó a todos diseñando estrategias que, contra la creencia popular, no se fundamentaban en su proverbial resiliencia, sino en la capacidad de anticipar el juego de los contrarios. Si a esa virtud se le suma una tenacidad reconocida, un profesionalismo ejemplar y un coraje de amianto, es fácil entender por qué, pese a no tener un servicio determinante, una volea sólida o impactos poderosos, David llegó a convertirse en el número 3 del mundo y, casi siempre, exigió a los más talentosos a duplicar fuerzas para doblegarlo. Y más allá de tener récord negativo contra los ‘fantásticos’ puede preciarse de haber derrotado seis veces a Rafa, seis a Andy y cinco a ‘Nole’. Solo ‘Su Majestad’ lo obligó a hincarse ante él en los 17 partidos que sostuvieron.

De todas formas, pese a no ser un talento natural como los otros, se las ingenió para ubicarse entre los mejores 10 del mundo en siete temporadas sucesivas; y para levantar la Copa Davis en tres ocasiones.

El martes pasado, en Acapulco, torneo que ganó cuatro veces en su carrera, lo despidieron por todo lo alto. Tras la derrota ante Alexander ‘El Principito’ Zverev, 15 años más joven que él, los fanáticos aztecas, mariachis incluidos, le prodigaron el cariño que todo el circuito le ha tenido reservado.

David Ferrer, ‘La Maquinita Incansable’, el mejor de los tenistas terrestres como se le conocía en su esplendor, ha anunciado su adiós en el Abierto de Madrid. En mayo se despide del tenis. Tiene 36 años. Acaba de ser padre. Lo espera su familia.