Rafel Nadal, Roger Federer y Novak Djokovic. (Foto: AFP)
Rafel Nadal, Roger Federer y Novak Djokovic. (Foto: AFP)
Ricardo Montoya

Periodista y psicólogo

@RMontoyaDes

En 1989, Francis Ford Coppola, Martin Scorsese y Woody Allen, tres de los tótems de la dirección cinematográfica mundial, sumaron un cortometraje cada uno para componer “Historias de Nueva York”, una película ómnibus cuyo hilo conductor era la ciudad que nunca duerme. Aunque la realización integró los tres trabajos en uno, la crítica se encargó posteriormente de desglosarlos con resultados distintos para cada trabajo. Mientras que “Apuntes al natural” de Scorsese, y “Edipo reprimido” de Allen, en menor medida, complacieron los gustos más exigentes, “La vida sin Zoe” sigue siendo, hasta la fecha, el filme menos logrado de la biografía de Coppola.

Algo similar está ocurriendo, hasta ahora, con el desempeño de los tres maestros del tenis en la Gran Manzana: Rafael Nadal, Roger Federer y Novak Djokovic están teniendo suertes diversas en el último Grand Slam de la temporada.

“Con Rafa y con Novak el tema es más físico. Uno pierde por su plasticidad o su mayor fortaleza. Con Roger no es así. Él sencillamente te prohíbe jugar”. Así ha sentenciado David Goffin que tiene récord negativo contra los tres y que se despidió abrumado del torneo por la paliza que le endilgó ‘Su majestad’ en los octavos.

Goffin tiene razón, Federer inhibe a sus rivales quitándoles ritmo. Es tan impredecible su tenis que el mejor antídoto para oponerse a él, si se está en una tarde feliz, parece ser la oración. El problema es que, últimamente, su envidiable forma física ha empezado a sentir el paso del tiempo. En algunos meses atrás era insólito que Roger se lesionara. Ahora ya no lo es tanto.

El principal mérito de Dimitrov para derrotarlo fue tratar de competir aun cuando estaba siendo superado. Esa tenacidad del búlgaro y la dolorida espalda de Roger hicieron el resto. Descomunal, eso sí, que el dios de la raqueta no se haya retirado nunca en medio de un partido en 1.494 apariciones. En cuanto al búlgaro, hoy intentará confirmar ante Medvedev que bajarse al ‘Expreso suizo’ no fue algo fortuito.

A diferencia de Federer, que se marchó con dignidad del torneo y cosechó algunos elogios, el adiós de Djokovic entristeció a sus fanáticos. No es que no tuviera una lesión como han sugerido con ligereza algunos en redes sociales, pero daba la sensación que no era un factor discapacitante. En otras palabras, Djokovic ofreció la sensación de que podía haber seguido jugando aunque sin posibilidades reales de victoria. La conciencia de que en esa condición no le iba a ganar a ese Wawrinka inspirado, más el riesgo de agravar su dolencia, lo hicieron retirarse al iniciarse el tercer set. Fue doloroso verlo marcharse en medio de las pifias de un público desmemoriado que lo ha visto consagrarse varias veces en este estadio.

Por último, está Nadal, el hombre que afirma que su único objetivo es jugar cada día mejor que ayer, pero que íntimamente tiene una misión. Solo dos títulos lo separan de los 20 títulos de Gran Slam de Federer y tiene en Nueva York la enorme posibilidad de reducir esa diferencia. Hoy, por lo pronto, se las verá con Mateo Berretini, un joven italiano que podría complicarlo con el poder de su derecha. El problema para Mateo es que nunca se ha enfrentado a alguien con el estilo heterodoxo de Rafa. Él espera que la película de este torneo tenga un final feliz. Ya olfateó la sangre, ahora va por más.

Por un lado están Coppola, Scorsese y Allen. Por el otro, Nadal, Federer y Djokovic. Usted decide quién es quién en Nueva York.

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