"Un otoño eterno", por Jerónimo Pimentel [OPINIÓN]
"Un otoño eterno", por Jerónimo Pimentel [OPINIÓN]
Jerónimo Pimentel

no es hoy, bajo ningún criterio, el mejor tenista del circuito. Aunque tal vez sea el mejor tenista de la historia. La paradoja exige una explicación.

El suizo, genio probado, no necesita defensa de cara al pasado. Su exquisita técnica y su elegante estilo, su fortaleza mental y su enorme espíritu de competencia, han resultado en un palmarés irrepetible. La edad y la merma física, sin embargo, le han obligado a variar su forma de encarar los partidos. Su juego de pies es más lento (sufre mucho cuando fuerza la posición para buscar el drive), su revés llega a ser errático e incluso en la volea y la derecha, sus golpes más fuertes junto al saque, exhiben debilidades. Federer, sin embargo, ha tomado correctivos. Ha cambiado su raqueta por una Wilson over size para tener mayor zona de impacto y potencia, a la vez que acorta los puntos, así sea a costa de aumentar sus errores. No ofrece, como se ve, el espectáculo completo de otros años, pero eso poco importa cuando se trata de una leyenda.

Con Nadal ocurre algo parecido. Su restablecimiento físico le ha permitido un revival, como se vió el fin de semana ante Alexander Zverev, el mejor tenista de la nueva generación para quien escribe. El español, a punto, llevó al alemán a una lucha física de la que, como suele ocurrir, salió victorioso (y su rival, con 11 años menos, quedó acalambrado). Lo que impresiona de Nadal es su capacidad, intacta, para sobrepasar los extremos evidentes de su propio juego. ¿Se puede hablar de un triunfo de la voluntad? ¿Cuánto más podrán soportar sus articulaciones el rigor de ese mandato? Las preguntas retóricas buscan halagar a quien, junto con Agassi, debe haber ofrecido las defensas más tenaces entre las que se han documentado en este deporte.

     ¿Pero qué del presente, los eliminados Murray y Djokovic? 
     El británico, número 1 del mundo, lució desconcentrado (pobre segundo servicio) ante un jugador que por toda arma detenta el saque y volea. No es claro si eso significa que la vieja táctica recupera vigencia o si es solo un síntoma de la dificultad extrema que representa ser consistente en lo más alto. Lo de Djokovic es más complejo, pues fue eliminado en buen lid por Istomin, que hizo el partido de su vida en Melbourne. El tenis es un deporte pero también un juego y por eso el azar y el “momento” son factores que nunca deben ser desestimados. Lo que, por supuesto, significa que ambos, más temprano que tarde, se recuperarán.
     Este Abierto de Australia lleva a imaginar una final entre ambos, pero es un peligro sucumbir ante la seducción de la nostalgia. Federer no es favorito ante Wawrinka (quizás sí ante Mischa Zverev, quien sorpresivamente acabó con Murray); ni Nadal ante Raonic (quizás sí ante el imprevisible Monfils, pero Dimitrov y Thiem también figuran como escollos en la parte baja del cuadro). El azar podría deparar un último duelo legendario, pero lo mejor para el tenis sería que los espectadores nos acostumbremos al relevo. El futuro debe primar, aunque la transición siga resisténdose. Tal es la medida de estos prodigios.

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