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"Cuestión de educación e impuestos", por Marcial García

Los países que sobresalen por la calidad, cobertura y pertinencia de la educación pública, invierten más [...] pero como contrapartida cobran impuestos más altos

Recaudación tributaria

(Foto: El Comercio)

Es auspicioso que en su discurso de asunción el presidente Vizcarra haya enfatizado que la educación será uno de los pilares de su gestión, como en su etapa de gobernador regional de Moquegua. El desafío es inmenso, pues lamentablemente nuestro sistema educativo en todos sus niveles sigue siendo deplorable.

Prueba de lo anterior es que los alumnos de nuestras escuelas aparecen en la cola de los resultados de las pruebas PISA. La última vez que se realizó esta prestigiosa evaluación internacional, nuestro país ocupó el puesto 64 en ciencias, 63 en comprensión lectora y 62 en matemáticas de un total de 70 participantes. De América Latina, solo República Dominicana sale peor que nosotros.

El último ránking de competitividad del World Economic Forum no es menos elocuente. En lo que se refiere a la calidad del sistema educativo, el Perú figura en los últimos lugares (puesto 124 de 137 países). Este pobre desempeño no solo se observa en los colegios. La calidad de la educación superior también se sitúa por debajo de los estándares internacionales. Basta notar que ninguna universidad peruana está entre las 400 mejores del mundo, ni dentro de las 15 primeras de América.

Las causas de este problema son varias, pero no se puede negar que una de las principales es que la inversión en el sector continúa siendo baja. Mientras que en promedio los países de la OCDE gastan unos US$10.000 por alumno al año, en el Perú la cifra no llega a los US$2.000. Pese a los avances de los últimos años, medido como porcentaje del PBI, el gasto en educación en nuestro país es de apenas 3,8%, frente al promedio de América Latina de 4,5% y de 5,5% de los miembros de la OCDE.

Diversos estudios coinciden en que el rendimiento de los estudiantes está estrechamente vinculado al gasto en educación. Los países que sobresalen por la calidad, cobertura y pertinencia de la educación pública invierten más que el nuestro, pero como contrapartida cobran impuestos más altos a sus ciudadanos para financiarla. Después de todo, como decía Milton Friedman, “no hay almuerzo gratis”.

Así, por ejemplo, en tanto que en Bélgica un empleado puede llegar a pagar al fisco 42,8% de su remuneración, en Alemania 39,9% y en Dinamarca 38,9%, en el Perú un profesional con formación universitaria que percibe el ingreso promedio mensual registrado por el INEI (S/2.673) está sujeto a una tasa efectiva de Impuesto a la Renta de solo 1,87%. De hecho, se estima que en nuestro país menos del 10% de los trabajadores tributa debido a la informalidad y a las deducciones que admite la ley.

Una mayor inversión en educación es sin duda necesaria, y para ello es fundamental aumentar la recaudación tributaria, para lo cual el Gobierno ya ha adelantado que solicitará facultades legislativas. En este contexto, será muy difícil que las obtenga para subir los impuestos, por lo que deberá enfocarse en racionalizar las exoneraciones y fomentar la formalización. Es una tarea que puede dar enormes frutos

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