Máncora. Tantas veces, tantos planes. Los hoteles más lindos, los restaurantes recomendados, las playas, los ‘points’, las buenas olas. Para un ‘marketero’, un comunicador o un estratega, no hay nada más sencillo que vender un destino turístico. El “comprador - viajero” llega con emoción y expectativas ya construidas. Tener este producto solo implica saber cómo diferenciarlo de la competencia. En el caso particular de Máncora, la libertad, la energía y la desconexión son elementos que caen por su propio peso.
Para una viajera entusiasta como yo, el norte del Perú es uno de los más mágicos productos que podrían darme para hacer una buena estrategia de marca. Prácticamente tiene todo lo bueno. Un paraíso. O al menos eso pensaba hasta mi última visita hace unos días, cuando después de unas horas de haber llegado, sufrí una caída absurda luego de resbalar en el pasto mojado y aterrizar sobre mi pie, triturando el tobillo. Es ahí cuando el destino paradisiaco se transforma en la cruda realidad de nuestro Perú. Se difuminan los paisajes costeros, los hoteles cinco estrellas y todas sus comodidades para encarar que no existe atención médica a dos horas a la redonda, que los huesos rotos tienen que samaquearse en trochas, que los rayos X son inexistentes en postas, clínicas y hospitales por ausencia o por falla del equipo médico. Tener o no dinero no importa, porque el problema de salud no se resuelve con nada. Si hubiese sido la cabeza en lugar del tobillo, moría desangrada sin duda. Luego de recolocar el hueso, detectadas las fracturas y colocada la férula, enfrentando varias operaciones en Lima y meses de recuperación por delante, aparecen los casos similares, las anécdotas previas, la frase llena de resignación y apatía, normalizando una realidad que no debiera existir: “es que es un pueblo, no es Lima”.
En marketing, esto es una dicotomía. ¿Cómo anclar la venta en elementos diferenciales únicos cuando se carece de lo más básico? Imaginen un auto 100% eléctrico pero con fallas mecánicas. O galletas orgánicas, pero quemadas. Me quedó la sensación de estar en una escenografía vacía, con la próxima víctima viviendo en la fantasía y el engaño, al puro estilo de ‘The Truman Show’, sin notar el verdadero peligro que puede significar. Es exactamente en ese punto en donde el marketing sin ética puede priorizar diferenciales vanos con tal de vender sin tener cubiertos los fundamentos más básicos.