(Foto: Archivo)
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Redacción EC

Hoy nos enfrentamos a un entorno desafiante por ser tremendamente incierto. El cambio y la incertidumbre han existido siempre, pero actualmente son más patentes que nunca. Como decía Peter Drucker: “El mayor peligro en tiempos de turbulencia no es la turbulencia en sí misma, sino actuar con la lógica del pasado”.

Los expertos hablan ahora del mundo VUCA, acrónimo en inglés de las palabras volátil, incierto, complejo y ambiguo. La hace referencia a la rapidez y gran escala de los cambios. La incertidumbre es la poca predictibilidad de los resultados futuros. La complejidad implica la consideración de muchos factores en cada problema y la ausencia de soluciones únicas. La ambigüedad es la falta de claridad en el significado y el impacto de los eventos. Mientras que antes nos movíamos en un mundo binario, hoy las causas y consecuencias son menos claras.

Ante estas nuevas condiciones de operación en el mundo, la recomendación para surcar con éxito los entornos turbulentos la hemos de buscar en cuatro direcciones. Para enfrentar la volatilidad es fundamental tener una visión robusta. Por ello, tener un norte claro es imprescindible en estos tiempos. Así como se monitorea el clima constantemente y con esa información se toma decisiones, una actitud de alerta nos permitirá estar preparados. La visión debemos entrenarla para detectar tendencias con prontitud, evaluarlas rápidamente y aprovecharlas.

Frente a la incertidumbre, la actitud adecuada es la apertura para entender de una forma integral los sucesos y descomponer el problema para tratar de dar la mejor respuesta posible. Frente a la complejidad, se requiere de nuevos modelos mentales que no le teman al caos y que trasciendan metodologías lineales. Armar equipos multidisciplinarios para ganar en perspectivas y sobre todo, no conformarnos con la primera solución. Finalmente, la agilidad de una respuesta rápida y cambio de dirección es la clave para abordar la ambigüedad.

Para vivir en un mundo VUCA, necesitamos una visión que dé sentido y norte a nuestro accionar. La competencia de trabajar en equipo y la empatía para abordar problemas complejos, así como la agilidad para actuar con la determinación necesaria y a la vez poder variar el rumbo en cuestión de segundos, ante un cambio repentino del entorno. De esta manera, no solo seremos administradores del presente, sino constructores del futuro.

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