La noticia del nuevo retiro nos tomó a todos por sorpresa, incluyendo al titular del MEF, Raúl Pérez Reyes, a quien vimos, en vivo, articular un mensaje alineado al que la presidenta de la República compartió el domingo, apoyando el nuevo retiro. Esto, a pesar de que hacía tan solo algunos días había sido enfático en rechazar esta posibilidad.
Avances y retrocesos tan significativos como los que hemos visto esta semana en la Ley de Reforma de Pensiones solo se habían visto, en el pasado cercano, con el Reinfo. Más allá de si se estaba o no de acuerdo, que una reforma aprobada hace un año (setiembre del 2024) haya generado tremendo revuelo esta semana solo se explica por el hecho de que nos hemos acostumbrado a convivir con el desorden.
Antes del miércoles pasado, día en el que se aprobó el octavo retiro de pensiones del sistema privado, había dos frentes abiertos. El primero, enfocado en el retiro; el segundo, concentrado en el rechazo, por parte de la ciudadanía, pero también de los congresistas, de la reforma del sistema pensionario. La discusión podía inclinarse por cualquiera de las dos aristas, o incluso, por ambas.
El descontento y la insatisfacción por las AFP es una realidad innegable, por lo que era paradójico pensar que el Congreso hubiera podido derogar por completo la reforma, que apostaba más bien por la competencia, y permite, por ejemplo, que las aseguradoras ingresen al mercado pensionario. Finalmente, no solo se aprobó una nueva salida de fondos, sino que se derogaron algunas de las disposiciones de la reforma en las que rápidamente se halló consenso. Lo más resaltante: el aporte de los independientes y la facultad del afiliado de retirar el 95,5% de sus fondos al llegar a la edad de jubilación.
Quizá, uno de los puntos que pasó desapercibido en el proyecto discutido el miércoles es que la nueva liberación no es considerada un nuevo retiro de fondos, sino un retiro extraordinario o excepcional. Una nueva versión de “no se cayó, se desplomó”. Preocupante es que, a vista y paciencia de todos, las normas –nos gusten o no– sean moldeadas como plastilina, a cambio de efímera simpatía ciudadana. Situaciones como esta solo generan incertidumbre. Construir, corregir y hasta enmendar es válido si hay detrás sentido de responsabilidad y un objetivo altruista, dos ingredientes ausentes en esta discusión.