(Foto: Archivo)
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‘Carassius auratus’ es como se llama científicamente al goldfish, pez de oro en su traducción al español. Se crió selectivamente en la antigua hace más de mil años y, a causa de una mutación genética natural, desarrolló el color naranja intenso en una de sus especies, que hoy da sentido a su nombre. El goldfish tiene una memoria de casi tres meses, pero su capacidad de atención es de aproximadamente 5 segundos.

Es esta última característica la que hoy los humanos tenemos en común con esta especie. Según un estudio global de (a cada rato cito este estudio, creo que les voy a cobrar), a raíz de todos los estímulos que tiene la persona promedio día a día, su capacidad de atención se ha reducido de ocho a cinco segundos, exactamente igual a nuestro amiguito naranja. Dato curioso e irrelevante para cualquier profesional, menos para los que trabajamos en y .

La atención de un es por lo que nos rompemos la cabeza todos los días. Cómo hacemos para capturarla, seducirla y persuadirla. La fórmula mágica es la combinación de relevancia e impacto, y para el primero de estos ingredientes, es que entra el ‘planner’.

La relevancia se encuentra cuando conocemos al consumidor, a la persona, a la cultura, con profundidad, sensibilidad, lucidez, y así entendemos su comportamiento. El planner es el Indiana Jones de la estrategia, el arqueólogo intrépido, apasionado y valiente que sale a buscar esa relevancia que entregará, cual Santo Grial, al equipo creativo. Sin ese insumo, el impacto de una idea brillante será inútil y no podrá conquistar esos segundos tan valiosos.

Fue a finales de los 90 cuando el planeamiento estratégico empezó a ver la necesidad de asignarse a un equipo independiente, que tuviera otro perfil de profesional y que dedique el 100% de su tiempo a esta labor. Hoy es mandatoria, indispensable, no negociable, su presencia en toda pirámide de recursos detrás de una marca, para asegurar esa dosis de relevancia que necesitamos si queremos capturar la atención de nuestros ‘peces dorados’.