(Ilustración: Giovanni Tazza)
(Ilustración: Giovanni Tazza)

Si hay algo de lo que no se puede acusar a es de ser inconsecuente con sus ideas sobre la relación comercial entre y . En el 2011, bastante antes de juramentar como presidente de la economía más grande del planeta, el republicano ya despotricaba contra un país que consideraba se “comía los almuerzos” y “robaba los empleos” de los estadounidenses. “China no es ni un aliado ni un amigo: quiere vencernos y ser dueño de nuestro país”, llegó a tuitear ese año el entonces presentador de televisión.

Ya en campaña, la situación no mejoró. Como candidato, Trump prometió aranceles de 45% a productos fabricados en China, afirmó que el ingreso de ese país a la Organización Mundial del Comercio representaba “el mayor robo de empleos de la historia” y se reservó el derecho a imponer aranceles de entre 15% y 45% a las economías que considerase “manipuladoras de divisas” (una categoría en la que Estados Unidos incluyó oficialmente a China en el 2019).

Ahora bien, es justo decir que esta anacrónica mentalidad proteccionista se extendió más allá del gigante asiático. Trump también prometió retirar a Estados Unidos del Acuerdo Transpacífico (TPP) y afirmó que el tratado de libre comercio entre países norteamericanos era “el peor acuerdo comercial de la historia”.

El problema es que fue precisamente este discurso el que lo llevó a la Casa Blanca. Así que ni siquiera en el Salón Oval se moderó. Por un lado, con una de sus primeras rúbricas retiró a Estados Unidos del acuerdo comercial más grande del mundo. Por el otro, empezó a hacer efectivas sus amenazas contra China.

Así, tras 18 meses de tensiones comerciales, para diciembre del 2019 Estados Unidos había impuesto aranceles a productos chinos por más de US$360 mil millones (desde satélites hasta juguetes). El Gobierno Chino, por su parte, había respondido con más de US$110 mil millones en aranceles a productos estadounidenses (desde aviones hasta frutos secos). El problema es que este choque de gigantes ha afectado también el crecimiento mundial (representantes del FMI estiman el costo en 0,8% del PBI global) y el precio de los principales commodities (el valor del cobre, la principal exportación peruana, llegó a caer 16,3% entre junio del 2018 y el mismo mes del 2019).

Por ello, no es poca cosa que esta semana Estados Unidos y China firmen la primera fase de un acuerdo comercial. Con ello -y si ningún contratiempo lo arruina- se debería empezar a escribir un punto aparte en un altercado entre dos economías que representan el 40% de las exportaciones peruanas y que han afectado seriamente la demanda global.

Sobre esto, sin embargo, parece que la estabilidad socioeconómica del planeta no ocupa un lugar importante en la agenda del mandatario. Y es que Trump no ha esperado siquiera a que las tensiones comerciales con China se enfríen para permitir que estallen otras nuevas. Así, el ataque contra el líder militar iraní Qasem Soleimani ocurrido a principios de mes y autorizado por el presidente estadounidense, vuelve a poner a más de uno en vilo (y, a juzgar por la cotización del oro y el petróleo los días posteriores, son muchos los que están atentos a lo que pueda ocurrir).