(Foto: El Comercio)
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Redacción EC

El 2018 comenzó con perspectivas muy positivas sobre una continua sincronización en el . Dichas expectativas venían impulsadas por un resurgimiento en la inversión privada, una saludable posición fiscal y externa en países emergentes, y una aceleración de la demanda interna en las economías a nivel global. 

Esto generó que a inicios de este año los retornos en acciones superaran dobles dígitos, esperando reflejar buenos resultados en el sector privado, como consecuencia de los indicadores líderes macroeconómicos que se venían registrando. Sin embargo, hacia mediados del primer trimestre, resurgió la retórica sobre posibles efectos negativos que los balances comerciales entre EE.UU. y sus principales socios comerciales podrían estar generando sobre la competitividad de los productos originados en suelo estadounidense, el impacto sobre su crecimiento y los efectos colaterales en el sector laboral. 

Esta retórica, a mediados de este año, se materializó con la imposición de tarifas a productos en sectores específicos destinadas a países puntuales, entre los cuales están Canadá, México, Alemania, Japón y China. Esta coyuntura ha incrementado los niveles de volatilidad en activos como acciones, monedas y primas de riesgo de crédito, afectando la confianza de los inversionistas y poniendo en discusión un posible descarrilamiento del momento positivo global. Ante esta situación es imprescindible analizar quién sería el ganador y quién el perdedor.  

La respuesta es sencilla; no hay ningún ganador pero sí hay una diferenciación en quién se vería más afectado. Como ejemplo pongamos a China. La discusión se genera sobre diferencias en barreras arancelarias y sobre el efecto en el superávit comercial de dicha economía con EE.UU.; el cual bordea los US$370 mil millones.

Sin embargo, no se discute cual es la exposición del sector privado a las economías internas de ambos países. Si uno considera dicha situación y suma las ventas de compañías estadounidenses domiciliadas en China y les resta las ventas de compañías chinas domiciliadas en EE.UU., resulta un déficit favorable para estos últimos. Ante esta situación surge la pregunta: ¿Son China y los mercados emergentes los mayores perdedores? Pensaría que no y razones hay varias. China, con las altas tasas de crecimiento de las últimas dos décadas, ha experimentado un efecto riqueza en su población que se está materializando en el valor de los activos reales y financieros, así como en niveles de ingresos per cápita más altos. Dicho fenómeno está impulsando un cambio en la estructura de crecimiento, pasando de uno empujado por el sector externo a uno enfocado al consumo de bienes y servicios.

Si analizamos qué sector corporativo se podría ver más impactado en una significativa, EE.UU. sería el más afectado. Aún está por verse si la retórica se va a materializar o es un movimiento político con miras a las elecciones de mitad de término en el congreso estadounidense. Lo claro es que en el corto plazo la discusión ha traído y continuará trayendo volatilidad a los activos de riesgo.