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2025: Un país que sigue en pausa
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El 2025 termina como un año que nos deja, otra vez, la sensación dual de avance e inmovilidad. Un año en el que el país mostró destellos de lo que podría ser —creatividad, talento, resiliencia empresarial, ciudadanos que no renuncian a construir comunidad—, pero también un año en el que seguimos atrapados en los mismos nudos que arrastramos desde hace décadas. Quizá la mejor manera de resumirlo sea reconocer que hemos avanzado, sí, pero no lo suficiente para cambiar la trayectoria de fondo.
No avanzamos en recuperar la confianza: ni en lo público ni en lo privado. Seguimos viendo instituciones débiles, agendas que cambian con el viento, liderazgos más preocupados por sobrevivir que por servir, y una ciudadanía que alterna entre la frustración y la indiferencia. Tampoco avanzamos en destrabar los grandes temas: infraestructura que no llega a tiempo, reformas educativas que siguen esperando, un sistema de salud que resiste con creatividad, pero que envejece sin renovación profunda. Y, por supuesto, no avanzamos en reconciliarnos con la idea de futuro. El ruido político volvió a imponerse sobre la conversación importante: la de cómo construimos un país más competitivo, más innovador y más justo.
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Pero detenernos allí sería contarnos solo la mitad de la historia. Porque este 2025 también mostró señales que vale la pena resaltar. Señales pequeñas, pero consistentes, que hablan de un país que —pese a todo— no se rinde. Empresas que decidieron invertir en digitalización real, que apostaron por la productividad cuando era más cómodo contener costos. Emprendedores que salieron a vender no solo productos, sino propósito. Asociaciones civiles que demostraron que la articulación multisectorial no es un ideal, sino una práctica posible. Y jóvenes profesionales que levantaron la mano para liderar proyectos que otros ya habían dado por imposibles.
También hubo un avance cultural que solemos pasar por alto: la conversación sobre sostenibilidad, inclusión y talento dejó de ser cosmética. En muchas organizaciones —grandes y pequeñas— las decisiones se empezaron a medir no solo en rentabilidad, sino en impacto; no solo en eficiencia, sino en coherencia. Aunque aún falta mucho, es innegable que algo está cambiando en el ADN empresarial del país.
Y quizá la mayor señal de esperanza es esta: la conciencia colectiva de que no podemos darnos el lujo de seguir postergando lo urgente. Este año, más que en otros, se instaló la convicción de que el Perú no merece vivir en pausa. Que avanzar no es un acto político, sino un acto social. Que reconstruir la confianza, recuperar la meritocracia y volver a hablar de futuro no es responsabilidad de un gobierno, sino de todos.
Cerramos el 2025 con deudas, sí, pero también con una oportunidad: convertir el desencanto en un motor. Entender que ninguna transformación es inmediata, pero todas empiezan igual: con una decisión. Que el Perú que queremos no va a aparecer por inercia, pero sí puede construirse si logramos que más ciudadanos, empresas e instituciones empujen en la misma dirección.
El 2026 empieza con la página en blanco y un país impaciente. Y quizá esa sea la mejor noticia: la certeza de que todavía podemos escribir algo distinto.

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