(Foto: Difusión)
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Janice Seinfeld

Directora ejecutiva de Videnza Consultores

Hay algo perverso en que un país reconocido por su gastronomía y su biodiversidad tenga regiones como Puno, donde siete de cada diez niños menores de 5 años presentan , según la Organización Mundial de la Salud.

La anemia, que impide que los glóbulos rojos de la sangre transporten suficiente oxígeno a las células, es uno de los principales problemas de del Perú, pues conlleva que quienes la padecen en la infancia arrastren problemas irreversibles durante toda su vida. Afecta al 44% de niños entre 6 y 35 meses de edad, con índices más dramáticos en la sierra (51,8%) y la selva (51,7%). Si bien estas cifras han disminuido desde el año 2000, cuando superaban el 60%, siguen siendo inaceptables.

¿Por qué la anemia es tan elevada en los niños peruanos? El incremento de madres adolescentes, madres desnutridas, la pobre ingesta de alimentos ricos en hierro y la baja adherencia a la suplementación —en parte por problemas en la distribución de los multimicronutrientes— son algunas de las razones. Pero hay otras que también requieren ser enfrentadas, como la alta tasa de infecciones, diarreas y parasitosis, la pobre calidad del agua y prácticas de higiene no adecuadas.

En diciembre último, la Presidencia del Consejo de Ministros anunció en el Foro del Acuerdo Nacional su objetivo de reducir la anemia infantil de 44% a 19% al 2021. Hacer efectivo estos logros requiere políticas ad hoc. El ministro de Salud, Abel Salinas, ya ha anunciado que volverán las papillas salvadoras fortificadas con hierro y que se formarán especialistas en medicina familiar. Es un buen inicio que felicitamos.

Desde mi punto de vista, es importante definir lo que debemos hacer como país. A nivel de diagnóstico, hoy se hace descarte de deficiencia en el consumo de hierro, pero hay una decena de pruebas que determinan otras causas de la anemia, como problemas en la absorción o pérdida de hierro, deficiencias de ácido fólico o falta de vitamina B12. 

Se requiere un manejo individualizado por los profesionales del primer nivel de atención de salud, siguiendo a cada pequeño afectado por este flagelo para recuperarlo. Eso plantea un cambio de modelo en la gestión sanitaria y una mejora indispensable de las competencias.

También debemos determinar si la administración oral del sulfato ferroso es la opción para aumentar la ingesta de este mineral. ¿Acaso es mejor consumir hierro orgánico, que encontramos principalmente en productos de origen animal como vísceras y carnes rojas? ¿En qué condiciones se debe consumir el hierro para mejorar su absorción: por ejemplo, acompañado con vitamina C? ¿Es el sulfato ferroso que se distribuye en el país de calidad?

El , encargado de realizar investigaciones en el tema, debiera darnos estas respuestas basadas en evidencia científica para tomar decisiones de política pública. Mientras tanto, empecemos por recuperar hábitos alimenticios saludables que hoy se reemplazan muchas veces por comida chatarra, carente de los nutrientes adecuados. Ya lo escribía Gastón Acurio hace un año en estas mismas páginas en su texto objetivo: hambre cero al 2030: “Los peruanos, con todos los recursos que tenemos, aún no hemos podido vencer esta batalla primordial para asegurar que todos nuestros compatriotas tengan, cada día, acceso a una alimentación saludable y sustentable que les permita vivir una vida de bienestar”

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