Durante años, el consumo masivo estuvo dominado por una lógica clara: ofrecer un buen producto, al precio correcto y con una distribución amplia que garantizara disponibilidad y conveniencia. Ese paradigma ha evolucionado: las marcas ya no compiten solo por ser elegidas, sino por ser recordadas. El consumidor no decide únicamente qué compra, sino cómo esa marca lo hace sentir antes, durante y después de la experiencia, y qué lugar ocupa en su memoria.

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