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La economía inconclusa, por Juan José Marthans

“Dejar en manos del actual aparato del Estado parte del diseño y ejecución del PNCP es engañarnos”, menciona el economista del PAD - Escuela de Dirección de la Universidad de Piura

Economía peruana

La demanda interna impulsará la actividad económica en 2019, según el MEF. (Foto: AFP)

Pretender solucionar recurrentes problemas de naturaleza coyuntural, sin una visión de mediano y largo plazo, es solo paliarlos. Pretender elaborar planes que impulsen la productividad sin una reingeniería del Estado que lo acompañe, constituye un grave error. Estos dos elementos son, sin duda, parte esencial de lo que podemos denominar una economía inconclusa.

Debemos tener claro que las restricciones que podemos superar mediante el empleo de instrumentos de política económica son limitadas e insuficientes. Siempre tenderán a reiterarse y acentuarse si no logramos crear una sólida base institucional; si no somos capaces de programar un adecuado camino para la reducción de las brechas de infraestructura; si no procedemos a encontrar el consenso para la ejecución de las reformas estructurales; y, más aún, si no emprendemos una real reforma del Estado.

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Es cierto que, a pesar de la carencia señalada, hoy somos una de las economías más admiradas de la región latinoamericana. Para otros países, el Perú es el referente a seguir, el único que pueden mostrar 20 años continuos de crecimiento, la segunda economía con mejor calificación de riesgo soberano de la región, el que más ha contraído su tasa de pobreza, el que mejor disponibilidad de reservas internacionales ostenta y el que muestra uno de los menores índices de endeudamiento público y privado.

Pero también es cierto que nuestro crecimiento tendencial de 4% en el mediano plazo, aunque destacable, es insuficiente para dejar de ser una economía de ingresos medios; nuestras reservas internacionales no tienen como origen una alta productividad, sino el aprovechamiento de precios de minerales a favor; y nuestro escaso endeudamiento podría estar hipotecado frente a la informalidad e imposibilidad de ampliar nuestra base tributaria. Nuestro crecimiento tendencial de mediano plazo solo llega, intermitentemente, a más del 6% cuando los precios de los minerales soplan a nuestro favor.

Para dar el gran salto requerimos concebir las alternativas de solución de una manera diferente. Las propuestas que disponemos hoy son parciales, poco independientes de los intereses creados e inadecuadamente consensuadas y gestionadas. Un solo ejemplo de los innumerables que existen: el anunciado Plan Nacional de Competitividad y Productividad (PNCP) de partida requeriría fortalecer la urgencia de considerar una reingeniería integral del Estado como condición esencial para garantizar la consecución de sus nueve pilares ligados a la innovación, salud, educación, medio ambiente, infraestructura, comercio exterior, financiamiento, ambiente de negocio y mercado laboral.

Dejar en manos del actual aparato del Estado parte del diseño y ejecución del PNCP es engañarnos. Nuestro Estado dispone de una base organizacional propia del siglo XIX, está sobredimensionado, carece de la disponibilidad de capital humano necesaria, muestra desarticulación y debilidad institucional, está contaminado por el poder político de turno y su capacidad de gestión es poco diestra.

Pues, bien, aceptémoslo, no disponemos de una adecuada visión estratégica, y cuando intentamos tenerla, surgen propuestas bien intencionadas, pero con serias limitaciones de diseño y ejecución. En esas circunstancias, seamos honestos, lo que tendremos reiteradamente es casi una economía inconclusa.

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