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El futuro ya llegó. Llegó tarde.
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El 2026 empieza con una paradoja: nunca fue tan fácil crear y tan difícil acompañar ese ritmo desde nuestras instituciones. Despedimos un 2025 que aceleró el progreso de la humanidad como pocas veces en la historia, aunque no todos viajamos a la misma velocidad. El nuevo año nos ofrece una oportunidad: mirar con otros ojos.
Daniela abre ChatGPT a las 8:00 a.m. Es fundadora de un e-commerce y para las 11:00 a.m. tiene lista una estrategia completa de marketing digital. Tres horas. Trabajando con IA logró, en una fracción del tiempo, lo que antes requería una agencia y semanas de trabajo. Ese mismo día, a las 11:15 a.m., va a la municipalidad para iniciar el trámite de su licencia de funcionamiento. “Vuelva con documentos adicionales”. Vuelve. Falta una firma. Vuelve. Sistema caído. El funcionario está de vacaciones. Meses después, Daniela sigue esperando un papel. En esos meses, la IA evolucionó tres versiones. El sistema que debe darle un permiso opera igual a como lo hacía en 1990.
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En el mundo, tratamientos oncológicos personalizados usando IA entraron en fase clínica avanzada: algoritmos que analizan el perfil genético del paciente y diseñan terapias específicas en días, no meses. La IA ya descubre antibióticos explorando espacios químicos que tomarían años revisar manualmente. Diagnósticos que antes requerían especialistas con décadas de experiencia ahora se procesan en tiempo real. La medicina avanza a velocidad exponencial. ¿Y en el Perú? En 2026, en Lima siguen llenando historias clínicas a mano. Médicos brillantes toman decisiones con información fragmentada porque los sistemas no están integrados. Cuando un paciente llega a emergencias, el doctor no sabe qué medicamentos tomaba ni qué alergias tiene. La información existe, pero está en papel, en otro hospital. Mientras la IA diseña tratamientos personalizados en días, esperamos que el expediente llegue en taxi. Procesos con lógica de hace décadas retrasan por años la llegada de fármacos.
Martes, 10:00 p.m. Un video empieza a circular por WhatsApp: una empresa conocida supuestamente cometiendo una irregularidad grave. Es creado con IA; un ‘deepfake’ difícil de detectar. Para las 10:00 a.m. del miércoles alcanzó a dos millones de personas. Los grupos explotan. El daño ya está hecho. El video avanza por Internet, acelerado por el algoritmo. El equipo de la empresa detecta el engaño a las 3:00 p.m. Reunión de crisis. Consultan con el área legal, con comunicación y con la gerencia general. El viernes emiten un comunicado formal. Para entonces, el ‘deepfake’ fue compartido 15 millones de veces. Crear la mentira tomó minutos, pero desmentirla tomó días de reuniones, aprobaciones y procesos institucionales. El comunicado formal nunca llegó -ni llegará- a la misma cantidad de personas que el video falso.
Tres escenas. Un patrón. No es un mal exclusivo del Perú, pero sí una oportunidad perdida. Estamos tan ocupados parchando los baches del pasado que no miramos la cancha ya construida.
En 2026, la verdadera disrupción podría ser tan simple como dejar de esperar que el mañana llegue en taxi.

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